María Moreno | Crítica

Encerrados con un solo juguete

María Moreno y Eduardo Trassierra sobre las tablas del Teatro Central.

María Moreno y Eduardo Trassierra sobre las tablas del Teatro Central. / La Bienal/Claudia Ruiz Caro

El espectáculo logra mantener las virtudes de María Moreno como bailaora: lozanía, naturalidad, luminosidad, frescura. Y lo logra, a pesar de la puesta en escena. Especialmente la luz y el espacio sonoro son francamente agresivos con la intérprete y con un cómplice necesario en estos casos como es el público. La danza prevalece porque es, como digo, una de las bailaoras más personales de su generación. La obra lucha contra los fantasmas de su protagonista. Huye de lo que el programa de mano califica como "dictadura del ritmo", del ritmo flamenco, claro, para caer en otros automatismos, los de la danza teatro centroeuropea que, obviamente, están a años luz de las características señaladas antes de frescura, luminosidad, naturalidad. Es una obra sombría en la que, no obstante, prevalece la luz de su protagonista. Los bailaores de lo que dimos en llamar la neovanguardia, entre los que hemos de incluir a María Moreno, han huido de su tradición para caer en los brazos de otra fe no menos exigente, no menos rígida. Y, como decíamos hace unos días, como todos utilizan el mismo recurso, al final todos se parecen, no solo entre ellos, también a buena parte de las propuestas escénicas actuales ya que Centroeuropa ha impuesto al resto del mundo su lenguaje. Pero no se trata de una dictadura exterior. Son los propios fantasmas de los intérpretes. La historia del flamenco está plagada de artistas que supieron emanciparse de la "dictadura del ritmo". Y, hasta hay algunos neovanguardistas que han sabido buscar nuevas vías de expresión sin tener que renunciar a su propio lenguaje.

La obra disecciona (deconstruye, que se dice desde hace unos lustros) el baile por soleá. Lo divide en partes y coloca cada una de las mismas sobre el escenario, por separado, para analizarlas con curiosidad. Es un reto técnico, del que la bailaora sale airosa. Claro que hablamos de la estructura del baile por soleá que se impuso en los años 60 y 70 del siglo XX. Solo tenemos que echarle un vistazo a las grabaciones fílmicas anteriores a esas fechas para comprobar que hay, ante la necesidad imperiosa de emanciparnos de la que nos legaron nuestros padres, nuestros maestros, otras opciones, otras soluciones flamencas. Prevalece, como digo, el arte personalísimo de Moreno, que no tiene que ver con su destreza rítmica, que la tiene en grado sumo. Al que contribuye, eso sí, el rico vestuario de Palomo Spain y las bellísimas melodías que escancia Trassierra sobre la escena.

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