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los que hablan | Crítica de teatro

Parole, parole, parole ...

Luis Bermejo y Malena Alterio, en ‘Los que hablan’, una obra de Pablo Rosal.

Luis Bermejo y Malena Alterio, en ‘Los que hablan’, una obra de Pablo Rosal. / Laura Ortega

Pablo Rosal, autor, también actor,  nacido en Barcelona, aterriza en Madrid de la mano de Ana Belén Santiago (gerente de Teatro del Barrio) y Carlos Aladro (director de La Abadía) que producen Los que hablan, obra que había escrito hace unos seis años y con la que buscaba la enésima vuelta al origen del teatro, a la palabra pura, sola, sin artificios como diría el poeta Juan Ramón.

Se nota en Pablo Rosal su profesión de pedagogo y, sobre todo, el ser un vertiginoso amante del verbo. En esta obra en la que dos clowns magníficos como Luis Bermejo y Malena Alterio se enfrentan durante más de una hora a hablar, primero con balbuceos y onomatopeyas, luego con tímidas muletillas del lenguaje y, poco a poco adueñándose de frases que han escuchado para celebrar una ceremonia en la que se comulga a base de palabras como si fuera la hostia consagrada.

Alterio y Bermejo, sublimes, recitan, entonan, musican expresiones en una interminable confusión de personajes que convierten al espectador en un voyeur, en este caso, oyente, que sigue a estos dos payasos de sexo indeterminado que entran y salen en sus distintos personajes con la misma facilidad que un experimentado médium.

Se nos vienen a la cabeza los personajes de Buscando a Godot, de las obras de Ionesco, del humor de Charlot en esta obra que sólo pretende jugar con la palabra teniendo como oficiantes a dos maravillosos actores. Todo funciona como una maquinaria de reloj en la que es muy fácil entrar pero, también, salir, aunque recomiendo que uno se deje llevar por el sonido de ese rumor incesante de palabras que llenan el vacío del ¿Y tú, como estás?

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