ROSS. 1º de abono | Crítica Stradivarius, idilio y sublimación amorosa

Alexandre da Costa con la ROSS dirigida por John Axelrod. Alexandre da Costa con la ROSS dirigida por John Axelrod.

Alexandre da Costa con la ROSS dirigida por John Axelrod. / Guillermo Mendo

Bien está que la ROSS amplíe repertorio, aunque sea con una obra tan irregular como el Concierto para violín de Siegfried Wagner, obra tardorromántica, pero no especialmente cromática, de orquestación densa pero sin la voluptuosidad que lograron otros compositores centroeuropeos de principios del siglo XX, con un arranque de hermosas veladuras tímbricas, pero que se hace muy trivial y plana en su larga y agitada segunda sección. Para compensar, el canadiense Alexandre Da Costa ofreció el potente y brillantísimo sonido de su Stradivarius manejado de forma portentosa. Axelrod le puso a los pies a una orquesta diamantinamente clara y el canadiense convirtió la obra, de apreciable virtuosismo, en un auténtico juguete, explayándose en una visión luminosa, briosa, más apolínea que conflictiva, antes ligera que convulsa, casi más clásica que romántica.

Da Costa pareció dejar lo mejor del potencial expresivo de su instrumento para la propina, una bellísima versión del Aleluya de Leonard Cohen, con los cuatro primeros atriles de la sección de cuerdas de la ROSS implicados en un acompañamiento de sedosa trama contrapuntística.

En la segunda parte, Axelrod hizo del Idilio de Sigfrido lo que dice su título, es decir, la idealización regocijante de la vida. Su visión, de bien dosificadas gradaciones dinámicas, huyó de la ñoñería pero también del pathos, atendiendo antes a la limpieza y al equilibrio tímbrico que a las tensiones armónicas.

Esa levedad de la agradable vida doméstica, esa delicada ligereza parecían necesarias antes de afrontar la hondura de Tristán e Isolda. Para contar la pasión de un amor tan extremo que sólo alcanza su realización completa más allá de la muerte, Wagner (Richard esta vez, por supuesto) recurrió a una música también extremada, cargada de un cromatismo que tendría consecuencias trascendentales para la música.

Desde esa nota la con que lo abren los violonchelos, todo en el Preludio es una sucesiva acumulación de tensiones, en medio de una orquestación densa y opulenta, que Axelrod manejó con acierto, combinando las grandes ligaduras del fraseo con pequeños detalles en acentos y timbres y enfatizando el gran clímax del crescendo, igual que hizo en el Liebestod, que logró oscurecer de forma exquisita para conducir esa sublimación amorosa al agujero profundo de su consumación mortal. Lástima que haya todavía espectadores que no entiendan que el silencio es para la música y sus intérpretes mucho más importante que sus aplausos.

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