Soliloquio en el pozo
Tusquets recupera el ensayo que Samuel Beckett dedicó a Proust en 1931, una temprana síntesis del pensamiento del irlandés proyectada en su mentor.
Después del estreno en lengua española de la primera novela de Samuel Beckett (Dublín, 1906 - París, 1989), Dream of fair to middling women, sabiamente vertida por el recordado Miguel Martínez-Lage en noviembre de 2011 como Sueño con mujeres que ni fu ni fa, Tusquets continúa al rescate de la obra temprana del Nobel irlandés. La siguiente entrega es Proust, el ensayo que Beckett dedicó al autor de En busca de el tiempo perdido en 1931 y que ya publicó en español la Universidad Diego Portales en 2008 con los tres diálogos sobre arte contemporáneo con Georges Duthuit, breves pero significativas entrevistas que también se recogen en la nueva traducción de Juan de Sola (aquella edición también incluía dos homenajes a los pintores Jack B. Yeats y Avigdor Arika, aparecidos por primera vez en la miscelánea Disjecta y que Tusquets ha preferido no incluir en el volumen que aquí nos ocupa). De cualquier forma, la lectura de este texto, suculento, implacable, tan propio de un autor de 25 años por su desmedida ambición como impropio por su fatal madurez, resulta hoy reveladora en cuanto ofrece una síntesis ilustrativa de todo lo que Beckett afirmó y calló sobre el hombre, el mundo y la literatura en su obra posterior y hasta su muerte. Asistimos así a un caso realmente inusual en el que un escritor que apenas había adquirido el rango de prometedor en los círculos menos frecuentados (hasta 1931, Beckett apenas había publicado algunos relatos, el ensayo Dante...Bruno. Vico... Joyce y poemas como el celebrado Whoroscope) exhibe ya el clavo ardiendo al que se aferrará hasta su última palabra.
Tras advertir de que "la ecuación proustiana nunca es sencilla", Beckett sirve en bandeja su personal camino hacia Proust, pero su verdadero interés es otro: reivindicarse a sí mismo como escritor, o como el escritor que quiere ser. En buena medida, y por esta razón, Beckett escribe a ciegas. La influencia de Joyce todavía es firme tanto en lo literario como personal (en 1931, cuando ya había colaborado como asistente para Finnegans Wake, Beckett rechazó a Lucia Joyce, la inestable hija del autor de Ulises, que se había enamorado perdidamente de él, lo que terminó afectando a la relación con su maestro), y de hecho Dream of fair to middling women, escrita en 1932 pero no publicada hasta 1993, acusa hasta el extremo la herencia joyciana. La oportunidad de escribir un ensayo sobre Proust con la publicación garantizada se le presentó a Beckett de manera casi fortuita, pero, paradójicamente, el viaje a las entrañas de la obra del francés surtió en el irlandés una especie de revelación: tendría que liberarse de toda esa herencia para alumbrar su propia literatura, acuñada justo en la dirección contraria de la de Joyce, anclada en el desecho, la negación y el vacío. Su travesía en el desierto duró veinte años más y tuvo su episodio determinante en la adopción del francés como "lengua sin estilo" para su escritura, aunque curiosamente Beckett rechazó siempre la posibilidad de traducir Proust al francés al considerar la mera idea "un insulto" hacia el mentor del ensayo.
Reflejado por tanto en este espejo, Beckett advierte que en la obra de Proust los personajes se presentan como esclavos del tiempo, aspirantes a la existencia frente a una inexorable condición que, de entrada, les impide comprender los acontecimientos que les atañen en toda su plenitud, sólo en un orden aséptico y carente de toda lógica. Y lo cuenta así: "Las criaturas de Proust, por tanto, son víctimas de esta condición y de esta circunstancia predominante: el Tiempo; son víctimas como lo son también esos organismos inferiores que sólo tienen conciencia de dos dimensiones y de pronto se ven confrontados con el misterio de la altura: son víctimas y prisioneros". Así, no hay redención posible para una criatura que se empeña en alimentar una ilusión vana respecto a sí misma y su ambiente, pero cuya contingencia es plena. En este sentido, si la memoria es fruto de la construcción que cada uno hace de sí mismo, cabe concluir que el recuerdo obedece al mismo capricho y a la insolencia del tiempo hasta hacerse mortificadora costumbre: "Las leyes de la memoria dependen de las leyes más generales de la costumbre. La costumbre es un compromiso contraído entre el individuo y su entorno, o entre el individuo y sus propias excentricidades orgánicas, la garantía de una inviolabilidad desaborida, el pararrayos de su existencia. La costumbre es el lastre que encadena el perro a su vómito. Respirar es costumbre. La vida es costumbre. O, más bien, la vida es una sucesión de costumbres, por cuanto el individuo es una sucesión de individuos".
Beckett se introduce por tanto en Proust a través de una puerta llamada Schopenhauer, pero se muestra aún más radical que ambos al renegar de cualquier consuelo. Rechaza como Proust el ideal nietzscheano de la amistad compartida entre almas de similar sensibilidad artística, pero va más allá al rechazar la noción de que la experiencia artística puede aliviar el daño que ocasiona el tiempo. Para Beckett, el arte es una cosa y la existencia otra. El empeño en una determinada estética, de hecho, es un aliado proverbial de la esperanza, el mayor excitante de los males del ser humano. Si la mejor vida es la que no espera, el mejor arte es el que no pretende burlarse del tiempo, el que rechaza toda pretensión de permanencia. El más fugaz, el más breve, el menos empeñado en ser visto. El que menos invita al hombre a soñarse.
Como decíamos, la asunción de este arte por parte de Beckett tuvo su big bang en 1951 con la publicación de Molloy, escrita en un legendario retiro junto a Malone muere y El innombrable. Por más que novelas anteriores como Murphy y Watt hubiesen anticipado el prodigio de esta economía (menos es menos, y eso es suficiente), ni siquiera Beckett podía prever en 1931 hasta qué límites alcanzaría su empeño. Éste se vio especialmente satisfecho gracias a otra revelación, la del teatro: piezas como Fin de partida, La última cinta de Krapp y Esperando a Godot son esos soliloquios en el fondo del pozo cuya primera huella Beckett vislumbró en Proust. Es decir, apenas nada. Nada importante.
Samuel Beckett. Traducción de Juan de Sola. Tusquets. Barcelona, 2013. 136 páginas. 12 euros
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