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Aixa de la Cruz. Escritora

"Vamos contra el sistema, pero hacemos trabajar un domingo a alguien de Amazon"

  • La autora regresa con 'Las herederas', una novela que presentó ayer en la Feria del Libro de Sevilla y en la que explora entre otras cuestiones qué amenazas cercan nuestra salud mental

Aixa de la Cruz.

Aixa de la Cruz. / Juan Carlos Muñoz

Aunque la autora ya había firmado varias obras, fue la aparición de Cambiar de idea, en 2019, una confesión desafiante y cargada de lucidez –o de dinamita–, la que confirmó a Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) como una de las voces más interesantes de su generación: su discurso poseía la enjundia de quienes tienen mucho que decir. Las herederas, una novela publicada por Alfaguara que la escritora presentó ayer en la Feria del Libro de Sevilla acompañada por Rocío Rojas-Marcos, constata el empeño de la bilbaína por preguntarse sobre el mundo que nos rodea y hacer a los lectores partícipes –o cómplices– de su pensamiento. La premisa de cuatro mujeres jóvenes que se reúnen en la casa donde la abuela de ellas se ha suicidado da pie a la escritora a abordar cuestiones como la precariedad laboral, la salud mental o el dopaje con el que a veces nos enfrentamos a la vida.

–En la nota final afirma que escribió este libro "durante dos años difíciles y raros como pocos". ¿Esa dificultad se debió a la pandemia?

–Sí, nos pilló con una niña de nueve meses, y eso hizo que las cosas fueran particularmente complicadas. Pasamos un confinamiento duro en Bilbao, en una casa de 40 metros cuadrados, y trabajando, porque a pesar de que se hundía el mundo fuera no había tregua, las obligaciones laborales no pararon. Cuando terminó el encierro pensamos que aquello había sido la gota que colmaba el vaso con respecto a la ciudad: alquileres altísimos, pisos que cuando los pones a prueba descubres que no son habitables... Nos dejaron salir y decidimos que no volvíamos a entrar. Nos fuimos a una aldea de Burgos donde creció mi abuelo, íbamos con maletas para dos semanas y nos quedamos dos años. Todo eso está inevitablemente volcado en la novela.

–Las protagonistas perciben el suicidio de la abuela como una maldición que llevan en los genes. Pero una de ellas, Nora, opina que "si estamos locas, será porque nos han enloquecido".

–Esa frase resume parte de la propuesta ideológica central del libro: tenemos a cuatro personajes que llegan con diferentes cargas de sufrimiento psíquico y en diferente medida todas ellas han aprendido a explicar ese dolor como algo privado. Lis, por ejemplo, ha interiorizado la idea de que está loca y asume que es una consecuencia de la depresión posparto. A mí me hace gracia cómo se nos venden las depresiones posparto como estas cosas hormonales que nos pasan a las mujeres, y no como el producto de partos que a veces son traumáticos, de condiciones materiales asfixiantes, de una crianza en la que estás dos años sin dormir. Quería enfatizar eso que dice Nora: que todo tiene causas externas, que debemos aprender a nombrar lo que nos está enfermando.

"Se habla de la depresión posparto sin pensar en los partos que son traumáticos, en las condiciones materiales"

–Sorprende algo que se dice en el libro: que el porcentaje de mayores de 65 que se suicida es muy grande.

–A mí también me asombró eso. Al imaginario colectivo ha pasado esta idea de que el suicidio es más propio de los jóvenes, algo que nos hicieron creer los poetas románticos. Lo duro es que no es así, y no resulta difícil imaginar el porqué: vivimos un momento de individualismo atroz en el que la dependencia se concibe como una lacra, y los ancianos están lidiando con cargas enormes: la de la soledad por un lado, y por otro la de sentirse prescindibles, verse como un peso que arrastran sus familiares. Algunos llegan a pensar que sería mejor si se fueran.

–Nora ha caído en la adicción para sobrellevar el exceso de trabajo. "No hay forma de responder cincuenta mails", lamenta.

–No sé en qué momento ha pasado, pero yo lo noto en mí y en mi entorno: que en los últimos cinco, siete años la división que solía existir, que debería existir, entre la vida y el trabajo se ha eliminado por completo. Esta disponibilidad a la que nos obligan WhatsApp y todas las redes sociales, eso de que tu jornada acabe a una hora pero siempre te quede algo que actualizar, algo que responder... eso es terrible. Y nosotros también participamos en el engranaje: igual somos veganos y queremos ir contra el sistema, pero llamamos a Amazon para que nos traigan un paquete un festivo, hacemos que alguien trabaje ese día.

–En el libro denuncia cómo el sistema permite y fomenta algunas drogas, sostiene, para obligarnos "a producir más y mejor".

–El caso de Nora es quizás un poco extremo, pero yéndonos a situaciones más cotidianas ahí estaría el uso tan extendido entre las mujeres de benzodiazepinas, que ya están en cualquier neceser. Acabamos recurriendo a fármacos para que el sueño sea reparador, y para que al día siguiente podamos producir. Hay mucha hipocresía con las drogas. En la novela una de las protagonistas recuerda ir de la mano con su abuela, en la época de la heroína, y ver a chavalitos tirados en el suelo. Es muy interesante cómo esas mujeres ultramedicadas miraban a los yonquis con desprecio, cuando en realidad unas y otros eran víctimas de un mismo fenómeno. En Las herederas se habla de cómo en la generación de mis abuelas muchas mujeres se engancharon al Optalidón, un fármaco que les facilitaba hacer las tareas cotidianas con una ligereza enorme. Hubo mucho síndrome de abstinencia cuando el medicamento se prohibió.

"Recurrimos a fármacos para tener un sueño reparador y poder ser productivos al día siguiente"

–Más allá de su diagnóstico, Lis representaría los obstáculos que se encuentra una mujer cuando es madre.

–Sí. La idea de la conciliación es una utopía, absolutamente. Yo me he topado con situaciones que no esperaba antes de decidir ser madre. Si por ejemplo no tienes padres jubilados, y que vivan en tu ciudad, tener un hijo te empobrece muchísimo. Mi hija entraba hasta hace poco en el colegio de 9:30 a 14:00, y en esas horas no es posible desarrollar un trabajo productivo con un sueldo que cubra las necesidades básicas, lo más probable es que si el dinero te lo permite acabes contratando a alguien. Antes, y esto desde luego no es lo ideal desde el punto de vista de los derechos civiles, las mujeres se quedaban en casa y los hombres iban a la oficina. Hoy, con un sueldo irrisorio, tienes que trabajar, cuidar a tus hijos... y responder mails a las 11 de la noche.

–En su libro tiene mucha importancia la espiritualidad.

–Sí, era uno de los temas de los que me interesaba hablar. Yo no estoy bautizada ni he sido criada en ninguna fe, pero me he convertido en una persona muy espiritual. He vivido el proceso como algo político. En este momento, con el reto climático que tenemos, me doy cuenta de que las experiencias místicas, la conexión con la naturaleza que te aportan, podrían salvarnos, pero al mismo tiempo soy consciente de que la espiritualidad ha sido y es algo individual por definición, y no se puede colectivizar sin pasar por las instituciones de siempre. Es algo que está en la novela, pero que yo aún no soy capaz de resolver. La espiritualidad tampoco se salva del mercado: cuando estuve en el pueblo empecé a interesarme por el yoga y me divertía ver cómo las empresas incorporan el mindfulness, les dan a los trabajadores media hora de meditación para que rindan mejor.

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