Con 40 años y siguen tan niños

Un instante de la representación de 'Grease', ayer en su primera función en el Auditorio de Fibes.
Un instante de la representación de 'Grease', ayer en su primera función en el Auditorio de Fibes.
Javier Paisano

04 de enero 2013 - 05:00

Vértigo Tours. Original de Jim Jacobs y Warren Casey. Dirección y coreografía: Coco Comín. Dirección musical: Manu Guix. Intérpretes: Jordi Coll, Edurne, Diarna Roig, Víctor Gómez, Albert Martinez, David Moreno, Noli Ramos, Marta Tomasa, Didac Flores, Esther Peñas, Bernat Mestre, Marina de No, Sergio Franco (y otros). Cuerpo de baile: Eva Company, Jordi García, José Luis Gálvez, Nuria Singla, Oriol Anglada, Jana Foradada (y otros) Lugar: Auditorio Fibes.Fecha: Jueves, 3 de enero de 2013. Aforo: Completo.

No había estado todavía en el nuevo Auditorio de Fibes. La programación de la comedia musical Grease, que cumple ahora 40 años desde su estreno en Estados Unidos y que lleva obteniendo un escalofriante éxito de público en su versión española, parecía la mejor ocasión para conocer de primera mano esta pantagruélica instalación capaz de alojar a 3.200 espectadores. Ciertamente, aparte de la taquilla, completa en su primer día, no estoy seguro de que esta a priori buena producción de Grease se haya beneficiado de las grandes dimensiones del Auditorio.

La primera parte de la obra la vi desde el asiento en el que muy amablemente me había sentado el departamento de prensa, la esquina de la fila 25, en medio del patio de butacas.

Cuando salieron los actores/cantantes tuve la impresión de estar viendo un teatro de guiñol. Imagino que me separaban del escenario unos 70 metros. Por su parte, y esto ya no es culpa de la sala, aunque tengo mis dudas, el altísimo volumen del sonido recordaba más a un concierto de rock en un local al aire libre que a una comedia musical donde uno va a disfrutar a partes iguales de las melodías y de las voces de los cantantes. Tengo que confesar que esto último resultó casi imposible, la letra de la primera canción no se escuchó. Sólo oíamos el runrún de la famosa y conocida overtura de Grease, pero nada más. Lo mismo ocurrió en todas las canciones con coros. Hubiera dado igual que la versión fuese la inglesa.

La lejanía, no quiero pensar en los que vieron la obra desde la parta alta (paraiso en un teatro norma), hacía que, al no ver las caras de los actores, no supiésemos quién hablaba. Sólo escuchábamos su voz, pero tardábamos en ubicar al actor.

En la segunda parte me cambié de sitio, fila 7, y entonces pude apreciar que, aunque la música seguía dirigida sólo a los sordos, los actores tenían caras, interpretaban, bailaban bien y uno se podía dejar llevar por esta comedia que, aunque intrascendente en su mensaje, contiene algunos de los números más divertidos inspirados en lamúsica de los 50.

El público, muchos jóvenes, parecía disfrutar y me alegro por ellos y por la compañía. Pero me temo que este macroespacio no sirve para el teatro.

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