Eduardo Guerrero. Bailaor.

"Más que demostrar nada, me apetece decirle al público cómo soy"

  • El gaditano estrena este domingo en el Teatro de la Maestranza la culminación de un proyecto creativo de más de un año de trabajo en el que dialoga con otras disciplinas artísticas y reflexiona sobre la realidad que nos rodea

El bailaor gaditano aborda en esta obra el tema de la inmigración El bailaor gaditano aborda en esta obra el tema de la inmigración

El bailaor gaditano aborda en esta obra el tema de la inmigración / Lucrecia Díaz

Desde el otro lado del teléfono se intuye a un Eduardo Guerrero más pausado y reflexivo que aquel que en 2013 se hizo con el Desplante del Festival de las Minas de La Unión, que le sirvió para iniciar una ansiada, y después trepidante, carrera en solitario. El premio le permitió entonces dejar atrás la etiqueta de niño prodigio y joven promesa que le acompañó durante años y consolidarse como uno de los bailaores más reconocidos internacionalmente. De hecho, sus obras han paseado por los principales festivales flamencos del mundo cosechando premios y aplausos y "me doy cuenta que algo habré hecho bien cuando me veo dentro de una programación como la del Maestranza", dice aún sin creérselo.

Sin embargo, aunque estos logros le reconforten, la inquietud del gaditano parece centrarse en una búsqueda personal que le lleve a encontrarse y reconocerse como artista. Por eso, le enorgullece haber superado aquello que afirmaba a este diario sobre que su principal batalla en el baile ha sido "que me dejaran expresar lo que soy" y sentir que está en una nueva etapa en la que su mensaje es otro. "Más que demostrar nada, lo que me apetece es decirle al público cómo soy y lo que me preocupa", reconoce.

Para este progreso ha sido clave, sin duda, Sombra efímera, un proceso creativo y de investigación que Guerrero lleva trabajando desde hace más de un año en distintas residencias y que este domingo día 1 (20 horas) llega al Teatro de la Maestranza en su versión más depurada y profunda y con la que luego viajará al Festival de Nimes.

"Me doy cuenta de que algo habré hecho bien cuando me veo en una programación como la del Maestranza"

Tal y como explica el gaditano, se trata de un espectáculo "que hemos construido capa a capa con la intención de adentrarnos en un territorio nuevo que había que explorar y dejar todos los miedos atrás". Así, bajo la dirección artística de Mateo Feijóo, y con un elenco formado por Samara Montáñez y Manu Soto, al cante, y Javier Ibáñez, a la guitarra, Sombra efímera II se presenta como una obra plástica que crea un impactante marco donde confluyen distintas narrativas y lenguajes artísticos (la arquitectura, la música, la poesía, la imagen, la escenografía…)  y en el que cada uno de los elementos está interconectado y tiene un sentido.

"No es un espectáculo para un público pasivo, que sólo esté dispuesto a ver bailar flamenco a Eduardo Guerrero, sino pensado para que los espectadores se quieran sumergir en el mundo que le proponemos y esté atento al mensaje que queremos transmitir", sostiene.

En este sentido, el punto de partida lo puso el arquitecto Marco Canevacci, construyendo una estructura neumática con forma de burbuja que Guerrero presentó en la pasada Bienal de Sevilla y que "nos obligó a modificar el baile e indagar en nuevos espacios sonoros, porque no era lo mismo lo que percibías desde dentro que desde fuera", cuenta el bailaor. Esto se vio reflejado ya en el segundo paso del proceso, que se llevó al Festival de Jerez, y donde por primera vez se escenificó la propuesta en un teatro.

“No es un espectáculo para un público pasivo, sino pensado para que los espectadores se quieran sumergir en el mundo que le proponemos"

Después, la obra continuó desarrollándose en otra fase de residencia en los Teatros del Canal de Madrid donde se incorporó la que "por su carga emocional y lo que dice de nosotros mismos" es para el bailaor una de las piezas claves: un llamativo telón cosido con ropa usada que se incorpora a raíz de una colaboración de Guerrero con al ONG Mensajeros de la Paz. Este telar, cosido con retales seleccionados por el propio elenco, le sirve al bailaor de perfecto asidero para reflexionar sobre lo que los problemas que le preocupan, como las desigualdades, la fugacidad de las cosas, el paso del tiempo o el drama de la inmigración. "Estos jirones de ropas me recuerdan al rastro que se queda en las playas de Cádiz cuando llega una patera", compara el gaditano.

Con este trasfondo social, y tras un pulcro e intenso trabajo en el que las letras de los cantes se han transformado en poesía y el escenario en un lienzo blanco sobre el que Guerrero va pintando con su propio baile, llega ahora a Sevilla donde se cierra un ciclo "completamente enriquecedor en el que he descubierto cómo nos afecta y nos transforma todo lo que nos envuelve".

De alguna forma, piensa el creador, esta apasionante aventura, "imposible de llevar a cabo si no es gracias a las residencias", le ha servido para salir de su zona de confort y encontrar otra manera de comunicarse en escena. O quizás, mejor dicho, la que buscó siempre. Porque si de algo se ha dado cuenta es de que, a pesar de la diversidad de sus títulos (Desplante, Callejón de los Pecados, Guerrero, Faro...), "necesito la dramatización para bailar, no ya por la teatralidad, sino para humanizar la realidad que nos toca".

 

 

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