Centenario de la Bauhaus La Bauhaus a cien años vista

  • Se cumple un siglo de la escuela que revolucionaría el concepto de arte y promulgaría una creación a favor de la sociedad y de la vida moderna

Un cenicero de Marianne Brandt. Un cenicero de Marianne Brandt.

Un cenicero de Marianne Brandt.

La trayectoria de la Bauhaus -cien años se han cumplido de su fundación- fue agitada pero fértil. Sufrió plagios, padeció conflictos internos, los nazis la persiguieron hasta cerrarla y, cuando se reabrió en América, patronos interesados sólo en resultados inmediatos le retiraron su apoyo. Pese a todo, la Bauhaus estableció formas de arte y experiencia básicas para la vida moderna.

Tras la Guerra Europea, franceses, holandeses y rusos buscan formas de arte objetivo. Se unen en torno a revistas, grupos de debate o talleres compartidos. La Bauhaus prefiere partir de la escuela. Así, la discusión corría pareja a la difusión del saber, y la investigación a la formación. La escuela además al publicar y exponer sus hallazgos daba mayor presencia social al arte.

Portada para 'Foto-Qualität' de László Moholy-Nagy. Portada para 'Foto-Qualität' de  László Moholy-Nagy.

Portada para 'Foto-Qualität' de László Moholy-Nagy.

Fue un modelo de escuela audaz: une el Centro Superior de Arte con la escuela de Artes y Oficios. En Alemania, la Escuela Superior de Arte reunía todo tipo de disciplinas teóricas y prácticas. Historia y teoría del arte, la formación científica del arquitecto, la teoría del color o la anatomía, se imparten junto a los talleres de dibujo, pintura o escultura. Eran centros unificados muy diferentes del modelo español, fragmentado entre teoría y práctica, disciplinas científicas y técnicas, estudios superiores y medios. La Bauhaus se abre como una Escuela Superior de Arte, enfocada, aunque no exclusivamente, a la arquitectura, y distanciada, discreta pero claramente, de los centros académicos.

Pero a esta oferta de formación global la Bauhaus añade otra vertiente: la propia de las Escuelas de Artes y Oficios. A fines del siglo XIX, los británicos de Arts and Crafts intentan dar nueva dignidad a productos industriales, objetos domésticos al uso y diseño gráfico. Poco después, la Escuela de Artes Aplicadas, en Viena, o la Deutscher Werkbund, en Munich tienen parecida pretensión. Unos y otros cambian la escuela de artes y oficios, y la noción de artesanía. La Bauhaus va más lejos: incorpora esos mundos a la enseñanza superior.

Esta fusión entre estudios superiores y atención a la producción artesanal tiene motivación clara en Alemania. La pobreza que sigue a la guerra crece con el Tratado de Versalles que vuelca sobre Alemania las deudas de la conflagración. En tal situación, las ideas más audaces, si quieren ser eficaces, han de contar con los medios posibles, esto es, los que podían hallarse en la práctica y experiencia de la tradición artesanal alemana, particularmente rica.

La Bauhaus tuvo una historia agitada, pero el trabajo y la fecundidad pudieron más

Reconstruir Alemania exigía una tarea central: mejorar las condiciones de vida que quienes habían hecho y padecido la guerra. La I Guerra Mundial comenzó bajo los moldes de la narración histórica romántica, pero a medida que se conocen la brutalidad de los sucesos bélicos, va germinando la idea (en la izquierda y la derecha) de que héroes y genios militares pertenecen ya al pasado: la guerra la hacen y la padecen hombres sin nombre, organizados con la disciplina y los métodos propios de la industria. No había que ser socialista para advertir el papel desempeñado por los trabajadores y para ver, en consecuencia, la necesidad de dotar a estas multitudes de ciudades habitables, viviendas dignas e interiores decentes y racionales.

Lámpara de mesa de Jucker y Wagenfeld, de 1923. Lámpara de mesa de Jucker y Wagenfeld, de 1923.

Lámpara de mesa de Jucker y Wagenfeld, de 1923.

La Bauhaus rompe el abismo que había entre el mueble de época (auténtico o imitado) del interior burgués, y el mobiliario elemental de la vivienda popular. En su lugar ofrece objetos prácticos que permiten una nueva forma de vida. Sirvan de muestra el Cenicero de Marianne Brandt, la lámpara de Karl J. Jucker y Wilhelm Wagenfeld, o el celebrado sillón Wasily de Breuer.

Reconstruir el país exigía también un cambio cultural. Trazar una nueva relación entre arte, técnica y producción industrial. Los manuales de Historia del Arte colocan al arte objetivo de estos años bajo la etiqueta de la vuelta al orden. Con ello sugieren que había que moderar las iniciativas de las vanguardias. Pero el desorden no estaba en las vanguardias sino en lo que Karl Kraus llamó tecnorromanticismo: la alianza, cínica o inconsciente, entre nacionalismo, militarismo y técnica. Esa unión generó una industria que segó la vida de millones de europeos. La Bauhaus intenta una nueva relación. Se advierte en su diseño, contenido y claro, y en su arquitectura funcional que, según Moholy-Nagy, debía atender a las exigencias corporales, sensibles e inteligentes de la población. Ciencia y arte aparecerían así unidos propiciando la experiencia de una nueva sociedad.

Todo ello necesitaba investigación: sin nuevas aleaciones metálicas, nuevas calidades del vidrio, tejidos ignífugos, estudio de los incipientes plásticos, ninguna de esas propuestas eran viables. En ello se ocupan los maestros de la Bauhaus. No faltan entre ellos las tensiones. Hay diferencias políticas y dosis de patriarcalismo (las mujeres al principio no podían ser arquitectas) pero el trabajo y la fecundidad pudieron más.

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