crítica 'WRONG ELEMENTS'

El horror y el cálculo

Little hace volver a los 'niños soldados' de la LRA a los lugares del horror y la muerte. Little hace volver a los 'niños soldados' de la LRA a los lugares del horror y la muerte.

Little hace volver a los 'niños soldados' de la LRA a los lugares del horror y la muerte.

No he leído Las benévolas, la aclamada novela de Jonathan Littell sobre el Tercer Reich y la naturaleza del mal. Pero sí he visto su primer documental, este Wrong elements que nos lleva a las llanuras y bosques de Uganda en busca de las huellas de la muerte y la destrucción provocadas por el conflicto entre el ejército del dictador Yoweri Musevini y la guerrilla rebelde (y mística) de la Lord's Resistance Army (LRA) liderada por el conradiano Joseph Kony, una guerrilla nutrida por niños secuestrados, aleccionados para matar y posteriormente sacrificados.

Un documental que parece buscar su lugar en esa liga sagrada y ética del género que lideran Lanzmann (Shoah) o Panh (S-21) y que ha encontrado nuevos epígonos en viajeros como Openheimer (The act of killing). Littell busca así rastrear la memoria de la barbarie en el presente, visitando los lugares del crimen, entrevistando a los verdugos rehabilitados, haciéndoles recrear los gestos (incluso la risa nerviosa) y episodios de sus primeros asesinatos, su huida de los dominios del monstruo, sus trayectos y vivencias pasadas en el infierno.

En un método híbrido respecto a sus referentes, Wrong elements busca una forma fuerte que nos resulta problemática: puntuaciones paisajísticas (en 1:33) y musicales (Bach, cómo no) buscan sublimar el espacio de la representación, reconectar desde el humanismo universal esa tierra quemada aún repleta de minas, supersticiones y pesadillas. También fragmentos de archivo e intertítulos explican y recolocan al posible espectador perdido entre fronteras, facciones y paisajes.

Nos surgen así las dudas sobre la verdadera sinceridad del proyecto más allá del gesto periodístico con conciencia de ONG, que no responde a razones personales, como sí es el caso de Lanzmann o Pahn, sino más bien, como confesó Littell, a un interés profesional y a la organización de los elementos de la manera más efectiva (y no siempre) posible. Demasiado cálculo y profesionalidad como para no sospechar de que el modelo podría seguir aplicándose a cualquier otra realidad conflictiva del Tercer Mundo para luego volver a casa sano y salvo y con la medalla puesta.

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