El largo peregrinaje de Carrie Mae Weems
El CAAC acoge una muestra donde la artista reflexiona sobre la identidad afroamericana y la interiorización de la Historia
La muchacha acude al espejo en busca de su imagen. Espera que el reflejo, desde el lugar sin lugar en que se forma, dibuje su mejor identidad. Así ocurre. Pero el mismo reflejo, mal amigo, la devuelve también a su realidad: no eres más que la que está ahí delante. Michel Foucault escribió que el espejo era a la vez utopía y heterotopía. Carrie Mae Weems (Portland, Oregon, 1953) lo dice de modo más directo: a la joven de color que musita la pregunta del cuento el espejo le contesta con el rostro de una mujer blanca que le espeta "la más hermosa es Blancanieves y tú eres una puta negra, no lo olvides". Weems recurre así, más que al humor, a un ejercicio de autoironía para dar cuenta, en 1987, de su condición: es mujer, de color y como hija de familia obrera y emigrante, ha de trabajar para poder dedicarse a la fotografía. Poco después de esta serie, que titula significativemente No estoy bromeando, abordará American Icons, que amplía el campo de visión: recoge pequeños objetos domésticos (lámparas, sujetalibros o pisapapeles) en los que aparece la figura de un negro dedicado a trabajos serviles. Completará esta visión en 1995 con un trabajo mucho más duro, Desde aquí vi qué ocurría y lloré. Las fotos muestran cómo se mediatiza la identidad del hombre o la mujer de color. Son una curiosidad etnográfica, un caso de estudio antropológico o el bobo de cada chiste; se les reconoce su dignidad pero sólo como dóciles tíos Tom, pueden ser músicos pero de jazz y si es mujer a lo sumo será la concubina del amo y el aya de sus hijos.
Weems no se limita sin embargo a estos perfiles sombríos. Su voluntad de ser y vivir la muestra paso a paso en La mesa de la cocina. Frente a otras artistas que, como Cindy Sherman, presentan su identidad falseada por los estereotipos de Hollywood, Weems pone frente al espectador a una mujer de color que desde su pequeño mundo educa a sus hijos, habla con sus amigas, acaricia a su hombre y se deja acariciar por él. La serie tiene el don de la verdad: la figura de la mujer no ha escapado de un sueño ni de un cuento piadoso, o de un así debería ser, sino que está ahí interpelando al espectador, con el inquietante valor de lo otro.
Entre estos dos polos de la realidad (la identidad que otorga la sociedad y la que se logra luchando por labrar un mundo propio), Weems realiza diversas series en las que medita sobre qué significa ser afroamericana en una cultura como la occidental. Es un pausado peregrinar que empieza en las Islas Sea: alineadas a lo largo de la costa de Virginia, en ellas se refugiaron los negros que iban siendo liberados de la esclavitud durante la Guerra de Secesión y allí crearon una peculiar civilización criolla cuyas huellas aún son visibles. Desde ahí Weems cruzó el Atlántico hacia la Costa de los Esclavos en África: casas de traficantes y restos de los recintos donde encerraban a los negros apresados antes de ser embarcados. A pocos kilómetros, los antiguos poblados de arquitectura autóctona, imagen de lo que pudo ser y no fue.
De vuelta a América, se dejó enredar en el Hampton Project, un trabajo interesante pero arriesgado: debía hablar del primer centro de enseñanza abierto en los Estados Unidos para negros e indios. Allí querían prepararlos para los trabajos que podían realizar: maestros en escuelas presididas por la segregación racial o realizar labores de capataces agrícolas. Los responsables de la Universidad de Hampton, heredera de aquel colegio, desconfiaron de ella, pensando que iba a sacar de nuevo a la luz la vergüenza oculta de aquel centro: muchos de los acogidos, al someterlos a costumbres y quehaceres que les eran extraños, terminaron por enfermar y morir. Lo testimonia un cementerio anexo a la universidad. Aunque Weems se limitó a indagar los archivos y mostrar qué tipo de formación se dispensaba a esos grupos étnicos, la universidad rechazó exponer la obra que recorrió sin embargo muchas ciudades del país.
Completa este esfuerzo de la memoria con otro proyecto, el titulado Louisiana, donde una mujer de color con un vaporoso traje blanco recorre viejas haciendas y mansiones esclavistas, como en un esforzado ejercicio de la memoria. Weems da aún un paso más en las series tituladas Faro y Peregrinar sin rumbo (Roaming) en las que aquella mujer (ella misma), vestida ahora de negro, recorre museos de Estados Unidos y lugares señalados de la cultura europea.
Constructing History, su obra más reciente, es de algún modo la culminación de ese largo viaje. Son fotos de un aula con dos luminosos ventanales abiertos al exterior y junto a ellos las fotos de un hombre y una mujer. En ese espacio se hablará de historia contemporánea. Diversas performances reconstruyen el brutal bombardeo de Hiroshima, la represión en Vietnam, los asesinatos de Kennedy y Luther King, la detención de Angela Davis. Junto a las fotos, un breve texto: "Si pudieras cambiar la historia, ¿qué harías?". No podemos cambiarla, pero sí mirarla de frente, sin ocultarla bajo grandes palabras ni buscar refugio en el terruño ante las exigencias de la globalización. Sólo haciéndola nuestra, con sus luces y sus sombras, podremos medir su alcance y criticarla.
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