Anne Teresa de Keersmaeker | Coreógrafa e intérprete

"La música de Bach siempre me incita a danzar"

  • La creadora de la compañía Rosas regresa este fin de semana al Central para bailar en solitario las 'Variaciones Goldberg' con el prometedor pianista Pavel Kolesnikov

Anne Teresa de Keersmaeker (Malinas, Bélgica, 1960). Anne Teresa de Keersmaeker (Malinas, Bélgica, 1960).

Anne Teresa de Keersmaeker (Malinas, Bélgica, 1960). / ANNE VAN AERSCHOT

El regreso de la baronesa Anne Teresa de Keersmaeker, leyenda viva de la danza, inagotable fuente de delicadeza y severidad en sus coreografías asociadas al minimalismo, es una noticia que en estos tiempos tan difíciles confirma la posición de relevancia que ocupa la programación del Teatro Central en el contexto español y europeo. La creadora de la compañía Rosas visita Sevilla para bailar en solitario, acaso por última vez en este escenario, las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach, probablemente su compositor favorito. 

-No la veíamos bailar en el Central desde aquella maravillosa lectura que hizo del cancionero de Joan Báez. Ha cancelado en muchos otros escenarios, como París. ¿Por qué ha mantenido sus actuaciones en Sevilla?

-Rosas y yo tenemos una larga historia con Sevilla y tras cancelar en otras sedes es muy gratificante poder prolongar esta fructífera relación con España y el Teatro Central de esta bella ciudad donde se han visto tantas producciones de nuestra compañía. Estoy muy contenta de poder regresar a Sevilla.

-¿Qué hace tan especial la música de Bach para usted?

-Es obvio que Bach es uno de los compositores más importantes de la música occidental pero además, para mí, su música es siempre una invitación a bailar. Tengo una larga historia con Bach, esta es la séptima vez que mi obra pivota alrededor suya, y además estas Variaciones Goldberg suceden a mi reciente lectura de los Conciertos de Brandemburgo. Bailar a Bach supone encarnar la abstracción. Es una música llena de emociones y reflexiones, es histórica, es religiosa, es pasado, es presente, todos los sentimientos e ideas abstractas están incluidos en ella.

-¿Con qué espíritu se acerca ahora a estas Variaciones Goldberg que, según ha explicado, escuchó por primera vez en la versión de Glenn Gould?

-Bach compuso esta obra al final de su vida y, como sabemos, desarrolla en torno a una elegante y sencilla aria toda una dramaturgia musical y trágica, una reflexión sobre la vida y la muerte. Para mí enfrentarme a ella es un reto hermoso que me permite reflexionar sobre el pasado, sobre el camino que he recorrido en mis 60 años de vida, de los cuales llevo 40 dedicados a la danza. Son como mis bodas de oro con la música, mi Goldberg Jubileo en lugar del Golden Jubilee (ríe).

-¿Nunca se planteó coreografiarla para la compañía?

-No, no pensé en coreografiarla para un grupo de personas. Esta composición da mucho juego en duetos pero aquí el dueto lo componemos el pianista Pavel Kolesnikov y yo, e incluso diría que estamos ante un triángulo con vértices en el piano, la música de Bach y mi danza, que se mide con el aria y las treinta variaciones como un desafío constante. Aunque son esenciales también el trabajo escenográfico y de luces que realiza Minna Tiikkainen, y la colaboración musical de Alain Franco.

-¿De qué manera se corresponde su propuesta coreográfica con la estructura de las Variaciones?

-En el proceso creativo he contado con la ayuda de una artista excepcional, Diane Madden, que fue durante muchos años asistente de la mítica Trisha Brown (Aberdeen, 1936-Texas, 2017), un referente de la danza contemporánea norteamericana como Merce Cunningham que me ha marcado muchísimo. Dianne me guió y ayudó a trabajar el movimiento relacionándolo con la improvisación, me incitó a reflexionar sobre las prácticas que yo había seguido en mis 40 años como coreógrafa y bailarina, a revisitar mi vocabulario desde la libertad, a desafiar la gravedad.

-¿Hay una idea de síntesis o de recapitulación en este montaje que, de algún modo, tiene un cierto aroma de despedida?

-Quizá está la idea de la elegancia en la organización del espacio, la combinación de control e improvisación, aunque sí que hay citas de algunos movimientos de mis anteriores trabajos. Pero en esencia me dejo inspirar por la estructura de la música de Bach y trato de estar siempre cerca de ella y del espíritu de la composición a la vez que conectada con el pianista que la interpreta. Es una combinación de elementos simples y complejos, de vida y muerte, de infancia y vejez.

-¿Cómo ha resultado la experiencia de trabajar junto a un pianista tan joven y talentoso como Pavel Kolesnikov?

- Es nuestra primera colaboración juntos y ha sido muy inspirador trabajar con este intérprete tan joven, tan brillante, nacido en Siberia en 1989 y afincado en Londres. Y aunque no es su primera vez con las Goldberg, que ha grabado, ni con Bach, lo cierto es que él se había movido más en el repertorio romántico, Chopin, Tchaikovski, Beethoven incluso, y creo que no es fácil lograr esta conexión que él logra con las Variaciones; ofrece pasajes especialmente elocuentes, cristalinos... Y también diría que ha sido un reto que nosotros dos, siendo tan diferentes, lleguemos a habitar un espacio común. 

-Aunque es una de las grandes coreógrafas europeas su carrera despegó en Nueva York en los años 60. ¿Qué recuerda de aquellos comienzos? ¿Qué supuso América en su vida y su obra?

-Ser europea es parte de mi identidad, porque aquí nací y crecí. Pero la danza trasciende las nacionalidades, las lenguas que hablamos, es un lenguaje universal. Y disfruté muchísimo aquel Nueva York: yo era joven, estudiaba mucho y hacía muchas actuaciones por todas partes. Entonces estaba Reagan en el gobierno y había unas tremendas ganas de cambio, una energía increíble, aunque Nueva York era una ciudad muy violenta. Pero había tantos estudios de danza contemporánea, de jazz, de pop... Podías estudiarlo todo y con los mejores. Aprender y mostrar allí mi trabajo fue esencial.

"Hay que invertir en educación en toda Europa. El capitalismo extremo ha generado un gran vacío espiritual"

-Estos tiempos convulsos, con tantos teatros cerrados en todo el mundo, ¿qué reflexiones le suscitan y cómo permean su trabajo creativo?

-Vivimos tiempos muy difíciles, nos enfrentamos a una crisis global, y creo que esta pandemia es en parte resultado del desequilibrio ecológico, de nuestra perversa relación con la naturaleza, del agotamiento de los recursos de la tierra. Creo que tenemos el reto de articular una respuesta que garantice nuestra supervivencia por las próximas décadas, somos seres vivos que nos hemos comportado con arrogancia y superioridad respecto al resto y si destruyes el medio natural te destruyes a ti mismo, dañas la esencia humana.

-España ha sido uno de los países más golpeados por la crisis sanitaria, ¿qué idea tiene de nosotros desde Bélgica?

-España es un país precioso con las montañas al norte y al sur, rodeado por el Atlántico y el Mediterráneo, pero creo que al golpearlo la pandemia, como a muchos otros países, han aflorado los problemas económicos, la división, la injusticia social. Hay que invertir aquí y en toda Europa en la educación; el capitalismo se ha desarrollado exacerbadamente gracias a la tecnología y ha generado un gran vacío, una tierra de nadie, una carencia espiritual. Aprecio en España, en Bélgica y en muchas partes que la gente necesita desesperadamente recuperar una idea de comunidad, de estar juntos, de celebrar y reflexionar, incluso de hacer el duelo juntos, ese papel que cumplían la iglesia o la religión. Tenemos que luchar por preservar ese espacio de humanidad.

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