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Palabras del Egeo | Crítica

La civilización del logos

  • La nueva entrega del helenista Pedro Olalla toma la forma de un alucinante viaje en el tiempo donde el ensayista defiende el origen remoto de la cultura griega y su continuidad milenaria

Pedro Olalla (Asturias, 1966) reside en Atenas desde 1994.

Pedro Olalla (Asturias, 1966) reside en Atenas desde 1994.

Después de Grecia en el aire y De senectute politica, la "Carta sin respuesta a Cicerón" en la que ampliaba su reivindicación del vigor y la radicalidad de la democracia originaria, Pedro Olalla aborda en su nuevo ensayo las raíces de la lengua y la cultura de su país de adopción, donde el polifacético helenista asturiano, un verdadero exponente del humanismo también en su vertiente cívica, reside desde hace casi tres décadas. Escritor, docente, traductor, fotógrafo y cineasta, Olalla ha consagrado toda su obra a la difusión de los valores del helenismo, un término de amplio espectro que más allá de su dilatada significación histórica –el linaje de los filohelenos puede remontarse a la antigua Roma– adquiere en sus reflexiones una profunda dimensión ética. Así ocurre también en este hermosísimo libro, un alucinante viaje en el tiempo donde el ensayista se remonta a los más remotos orígenes de la "civilización del logos", nacida hace miles de años bajo "la pletórica luz que vierte sobre el mundo el cielo del Egeo". Fue bajo ese cielo y en ese mar, mucho antes de lo que pensamos, donde se formaron la lengua madre y las bases de una cosmovisión de la que seguimos siendo herederos.

Las viejas voces de los griegos viajaron a lugares increíblemente alejados de la cuenca

Redactado en forma de un soliloquio dirigido a su hijo Silvano, que en el momento de la narración acaba de cumplir diecisiete años y se dispone a visitar Grecia para recuperar el contacto con la lengua de su infancia, el ensayo está estructurado en once partes que sugieren una cuenta atrás –de diez a cero– y se corresponden con los días en los que el padre lo espera mientras enlaza una sucesión de meditaciones, con ocasionales referencias al presente de la escritura. Este marco le da al relato una mínima y eficaz sustancia narrativa, pero en muchos momentos el discurso, plagado de referencias eruditas, adopta una textura decididamente poética, y es esta combinación de registros lo que distingue y eleva la prosa de Olalla por encima de las aproximaciones académicas a los mismos temas. La lengua de Grecia, nos dice, es indisociable del paisaje auroral del Egeo, y sus viejas voces, a las que dedica páginas emocionantes que explican las etimologías, los derivados, los desplazamientos de sentido, viajaron desde hace mucho a lugares increíblemente alejados de la cuenca, llevando con ellas su benéfica "savia ancestral", la semilla de la civilización y los ecos de su procedencia.

Olalla invierte el sentido de la oleada civilizadora, señalando al Egeo como epicentro

Pero no hablamos sólo de filología y de hecho el ensayista recurre a otras muchas disciplinas para fundamentar sus tesis, ciertamente rompedoras. En las historias convencionales, seguimos leyendo que los pueblos indoeuropeos llegaron a Grecia en el segundo milenio antes de la Era, de acuerdo con la devaluada teoría de las invasiones que habrían dado lugar a los distintos dialectos de una lengua no autóctona. Estaba la cultura cicládica, supuestamente pre-helénica, en torno a las islas así llamadas. A la civilización minoica, con su centro en Creta, le habría sucedido la que Schliemann llamó micénica, y luego de los respectivos colapsos y de los llamados siglos oscuros habría comenzado, con Homero, la Edad Arcaica. Los pelasgos, es decir los griegos anteriores a la "llegada de los griegos", habrían hablado una lengua no indoeuropea –uno de los perdidos idiomas de la Vieja Europa– que dejó su reflejo en el sustrato. Frente a esta secuencia, y apoyado en numerosos indicios procedentes de la arqueología, la geología o la genética, pero también en la valiosa información que ofrecen los mitos, Olalla no sólo defiende una continuidad esencial de la lengua y la cultura griegas, sino que invierte el sentido de la oleada civilizadora señalando al Egeo como epicentro y a las prestigiosas culturas del Creciente Fértil –Mesopotamia, Egipto– como receptoras de su primitiva influencia.

La "actitud humanista" está hecha de voluntad de resistencia y de disposición al cambio

Es un cambio de signo espectacular y con múltiples implicaciones, que retrasa en miles de años las fechas habituales. La antiquísima civilización del logos, concluye el ensayista, nos ha dejado "el amor como fruto maduro del asombro: el amor por las ideas y por las palabras; por la naturaleza y la cultura; por la justicia y la verdad; y también –aunque a algunos les ruborice decirlo o escucharlo– por la virtud y la excelencia". Ese conjunto de valores se resumen en lo que llama la "actitud humanista", hecha a la vez de voluntad de resistencia y de disposición al cambio, una actitud siempre vigente y acaso en nuestros días más necesaria que nunca.

Fotografía del autor, reproducida en la cubierta de 'Palabras del Egeo'. Fotografía del autor, reproducida en la cubierta de 'Palabras del Egeo'.

Fotografía del autor, reproducida en la cubierta de 'Palabras del Egeo'.

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