Expresión sin forzar el fraseo
ARCADi VOLODOS | CRÍTICA
La ficha
*****Programa: Sonata en Sol mayor op. 78 D. 894, de F. Schubert; Mazurcas op. 33 nº 4, op. 41 nº 2, op. 63 nº2, Preludio op. 45 y Sonata nº 2 en Si bemol mayor op. 35, de F. Chopin. Piano: Arcadi Volodos. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Domingo, 15 de febrero. Aforo: Tres cuartos.
Formación rusa, especialización francesa y residencia en España. Las dos primeras características nos hablan del perfil interpretativo de Arcadi Volodos: la precisión y el rigor técnico ruso, más la poesía y la sutilidad en el fraseo, con atención al color, de la escuela francesa.
Así se vio desde el primer movimiento (Molto moderato e cantabile) de la sonata de Schubert, atacada con una pulsación sutil y delicada y graduada imperceptiblemente hasta alcanzar sonoridades más corpóreas, pero sin forzar nunca el fraseo. La claridad de este último era diáfana, como lo fue a todo lo largo del recital, gracias a una soberbia y comedida técnica de pedal. Los ataques nunca fueron forzados, con la espalda siempre pegada al respaldo de la silla (y no banqueta, como es habitual) y actuando sobre el teclado desde los hombros a los dedos, con suavidad, pero que no quiere decir sin matizar la articulación ni acentuar el fraseo. Los tempos, pausados y nunca apresurados, daban pie a que las líneas melódicas se hiciesen patentes e interactuasen con transparencia. No fue un Schubert oscuro y trágico, sino luminoso, delicado, melancólico, aún con esperanzas en la vida, a dos años de su prematura muerte.
El pianismo de Volodos se avino a la perfección con las tres mazurcas de Chopin, fraseadas desde la languidez, con rubato apropiado y dejando hablar a los silencios, no sin cierto aire decandente muy apropiado, especialmente en el preludio op. 45. Y con sutilidad en la pulsación, igual que en una sonata nunca desmelenada, controlada, todo sutileza. Pocas veces hay ocasión de escuchar una Marcha fúnebre tan matizada, tan mimada en la pulsación, tan expresiva, tan dolorida. Y ese "rumor aterrador del viento nocturno deslizándose sobre las tumbas" con el que Arthur Rubinstein defininía el alucinado Finale sonó aquí menos terrorífico, sí, pero no menos premonitorio ni inquietante.
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