Análisis

joaquín aurioles

Andalucía y la debilidad del Gobierno de España

El encuentro del pasado lunes 23 de julio entre de Sánchez y Díaz resultó cordial y provechoso. Para Andalucía tuvo una repercusión financiera positiva de 500 millones, aunque 350 de ellos cuelguen en falso del cambio en el techo de gasto que rechazó el Congreso. Díaz también se aseguró más inversión del Estado en Andalucía, especialmente en grandes proyectos ferroviarios, aunque con la incógnita sobre la capacidad de un gobierno tan débil para asumir este tipo de compromiso. También se trajo la autorización para la emisión de deuda directamente en los mercados de capitales y la garantía de que no habrá negociación sobre financiación autonómica al margen del Consejo de Política Fiscal y Financiera ni se tratarán asuntos de modelo de estado en comisiones bilaterales. En definitiva, un escenario de cordialidad que contrasta con el observado durante la pasada Feria de Abril en Sevilla.

La diferencia es que ahora Sánchez es el presidente del gobierno más débil de la democracia y ello refuerza la figura de todos sus interlocutores. Prácticamente sin posibilidad de enmendar los presupuestos del PP, con los primeros órdagos sobre la mesa de sus apoyos durante la moción de censura a Rajoy y con aparente aversión a dar la cara, salvo en el extranjero, la apariencia es que Sánchez preside un gobierno incapaz de resistir tormentas veraniegas como las de los taxistas o las vallas de Ceuta y Melilla. Si pensionistas, controladores o estibadores perciben la incapacidad del gobierno para soportar la presión de la calle, es probable que alguno ceda a la tentación de participar en el festín, pero el pronóstico de un otoño caliente se basa fundamentalmente en que, ante la inminencia de la escalada electoral en 2019, no cabe esperar tregua del independentismo catalán ni lealtad institucional en el PNV o Podemos. El problema es que la necesidad de contar con todos los socios de investidura en todo momento hace que la vía del diálogo para resolver los problemas territoriales y la de más impuestos para los financieros, puede terminar convirtiendo al gobierno en rehén de sus interlocutores.

En este contexto, la figura de Susana Díaz se agranda ante la necesidad de evitar la nueva brecha de debilidad que supondría un conflicto abierto dentro de su partido. Sánchez tiene que ceder y ha comenzado a hacerlo negando concesiones al diálogo bilateral, lo que probablemente le acarreará enfrentamientos con vascos y catalanes. Díaz lo tiene más fácil porque si, de cara a las próximas elecciones, tiene que seguir defendiendo que representan el cambio en Andalucía y lidiar con la corrupción en su partido y con el disparate de sus políticas de empleo, incluido el gasto en "clubs de alterne" de los responsables de la fundación para la formación de parados y la creación de empleo, en la que confraternizaba con sindicatos, ahora tiene la posibilidad de reivindicar su liderazgo en Andalucía en asuntos de Estado y en su partido frente a la docilidad de Sánchez. En todo caso, la prolongación en el tiempo de un gobierno socialista débil en España perjudica los intereses de Díaz y es un incentivo para el adelanto electoral en Andalucía.

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