Un dirigente político nunca debería hablar de más. Y menos si esa tromba dialética la va a hacer desde una tribuna para faltar a un colectivo con tanto descaro. La política de hoy peca de eso. Los nuevos y marketinianos dirigentes son como aquellos cronistas que hacían sus escritos desde la habitación del hotel, mientras que en la calle de la ciudad seguían cayendo las bombas. Lo fácil es eso, hablar sin conocer, juzgar aferrándose a los clichés que injustamente se adhieren a una zona geográfica o a un grupo de personas en concreto, sin saber si lo que se dice es cierto o no. Puede tratarse de una imprudencia o, simplemente, de una imbecilidad. Así, a rasgos generales.

Recuerdo a aquellos políticos con perfección. Los que se iban a la plaza de mi pueblo en época de elecciones, un lugar conformado mayoritariamente por jornaleros, a contarles sus promesas de cerca. Acudían sin atriles porque, antes o después, acababan en medio de un corrillo de insistentes vecinos que les decían uno por uno aquello que les acongojaba. De manera que el político visitante cogía nota mental de aquello y se lo quedaba para sí, hasta que llegado el caso defendía esas peticiones ante el Congreso, que por lo visto en eso consiste todo esto del tema político.

Ahora, el contacto con el pueblo se ha limitado a un mero falserío y un rápido estrechamanos en mítines mastodónticos celebrados en estadios de fútbol. Con sus pantallas, sus focos y hasta su serpentina. Como si fueran una especie de Freddies Mercuries de la política. Solo falta, en esas grandes citas de forofos de las ideologías, que dos atrevidos fans del salvamundo de turno, se levanten la camiseta y le pidan a éste que les serigrafie las panzas.

Tan difícil es estar en contacto con la gente que se han olvidado de que se deben a ella. En parte, debido al aletargo que desprende la sociedad que solo remueve el denso aire por medio de una bandera, la nuestra o las inconstitucionales, que eso da lo mismo.

La culpa no es de Ana María Oramas, que habla de las Tres Mil sin haberla pisado. La culpa no es del cronista, que se descorcha una botella de vino mientras piensa en cómo acabará la pieza de ficción que acaba de firmar.

La culpa es de los medios de comunicación que compran esa bazofia para venderla a una sociedad ávida de noticias que, aunque no lo pensemos, no se crean en un solo día. De los partidos que cada día están más acomodados en el Olimpo político, el que tiene forma de semicírculo. Pero, también de los ciudadanos y de las conciencias adormecidas.

Porque que Oramas diga eso en medio de un parlamento no es solo una ofensa a los habitantes del Polígono Sur de Sevilla, sino una falta de respeto a todos los que representa porque nos toma irremediablemente por unos tontolaba.

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