Análisis

José Ignacio Rufino

A una Moncloa pegado

El Gobierno anuncia que, si no se aprueban sus Presupuestos Generales, adoptará los de Rajoy y los cincelará a base de decretos.

En el uso de una rivalidad bastante incomprensible por la notoria distancia literaria entre ambos, Francisco de Quevedo le dedicó Luis de Góngora una oda que versa sobre el apéndice nasal del cordobés, a quien tal protuberancia, a tenor de los cuadros y grabados, se le notaba más que al conceptista madrileño por, según este último, un probable origen judeoconverso del poeta culteranista: "Érase un hombre a una nariz pegado", comienza.

Desde que se aupó a la Presidencia del Gobierno con fenomenal precariedad y profusión de alfileres, cada uno de su padre y de su madre, Pedro Sánchez no deja de hacerse un Góngora tras otro: un hombre a una Moncloa pegado. Ni con agua caliente. Es un equilibrista de la política: con una tropa propia reducida como ninguna antes en esta democracia como para ocupar la bancada azul en el Parlamento, con unos socios de desahucio de una biodiversidad propia de la ONU o de Aquí no hay quien viva, su forma de aferrarse al capitoné de Moncloa y a sus aviones oficiales -qué pechada de viajar, oiga, ¿para qué ese trajín, con la que cae en la Piel de Toro?- es como la nariz de Góngora: superlativa. Un hombre a una Moncloa pegado. Un funambulismo superlativo.

Tras el abrazo del oso a Susana Díaz, Sánchez se marca un 'Groucho' presupuestario.

No pasa nada por hacer un poco de memoria: vale la pena, dado lo sorprendente de la terquedad numantina del Presidente, que no ha dudado en contradecirse, decir Diego tras digo, declararse dos hombres distintos y hasta tres según las conveniencias, unas convicciones que cambian en un par de meses como el viento, hacer casi cualquier cosa por mantener el poder con gestos a corto plazo: hoy esto, ayer aquello, pasado eso otro.

Anunciar proyectos ultranacionales -por lo del más allá- que comprometen al país hasta 2030, con visión estratégica de prócer de la patria, de estadista histórico, de John Fitzgerald Sánchez, cuando lo que en realidad mueve a tanta farfolla, regate, reajuste y corto plazo es la carencia de verdadero poder ejecutivo -el de quien ocupa Moncloa por controlar, debiera, el Parlamento-, la incapacidad de Sánchez de gobernar con leyes ordinarias, o sea, consensuadas, y no con decretos ley y boutades sobre la España "libre de carburantes", con paraíso "de gran justicia social"… dentro de 12 años.

Si Pedro y Bego siguen en Moncloa dentro de 12 años, hacemos un crowdfunding y le ponemos también un piso en la playa. Un político vulgar, con una ambición preocupante y catalizada por las humillaciones de los barones del PSOE, o sea, resentido con su partido, al que también va a dinamitar: es claro que buena parte del fracaso de Susana Díaz del pasado 2 de diciembre se debe al (no) apoyo de un secretario general desprestigiado, cosmético… y a una Moncloa pegado. Un sobreviviente superlativo.

Esta semana, ya en economía, ha vuelto a dejarnos atónitos, aunque casi curados de espanto estamos. Los Presupuestos heredados de Rajoy no se han podido sustituir por unos acordados con Podemos, PNV, PDeCAT, ERC y otra tropa enemiga de la Constitución y, casi todos, antiespañola. Y no convoca elecciones. ¡Éste es el nudo gordiano: para eso mismo hizo la moción de censura! Sin empacho y con esa solemnidad que imposta en sus pelotazos informativos, ha dicho, fiel a su grouchiano repertorio de principios, que si no hay Presupuestos, se queda con los de Rajoy y los va tuneando a golpe de decreto ley.

Para terminar, acompañamos la cita de Quevedo con otra de Góngora sobre la cojera de su rival: "Que ya que vuestros pies son de elegía (…) Sobre zuecos de cómica poesía / Se calza espuelas, y le da un galope". Veo clara la imagen: Pedro Sánchez, a pesar de su precariedad, es capaz de galopar y hasta de volar. Esto último, en Phantom. Nuestro Phileas Fog de andar por casa, o sea, por La Moncloa.

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