Que Mercedes Milá está a punto de regresar a la televisión en algún canal fuera de la órbita de Mediaset es algo inminente, como quedó demostrado en la conversación que mantuvo con Jordi Évole en Salvados. La Milá, monstruo televisivo en estado puro desde que iniciara su carrera en 1978, estuvo tan lenguaraz como de costumbre. Solicitó públicamente un caché por su participación en el programa (10.000 euros, que se quedarán en 9.000, e irán a parar a una ONG de confianza), contó cuitas amorosas (cómo mientras se emitía el primer Gran Hermano, en abril, mayo y junio de 2000, el chico con el que convivía, Carlos, mucho más joven que ella, la abandonó), y la que ha sido hasta ahora su gran depresión, de la que se va recuperando a base de medicación, terapia y buenos amigos. Aunque siga viviendo con esa espada de Damocles encima.

Mercedes Milá, genio y figura, nos regaló una hora de televisión en estado puro en la que tuvo tiempo para confesar que si tuviera que elegir a un entrevistado de oro, este sería el Papa Francisco; para rasgarse las vestiduras por aquella oportunidad perdida que fue la entrevista de Hermida con el rey Juan Carlos I (el corsé era tan grande, que no fue entrevista ni fue nada); para reivindicar una entrevista cercana con Felipe VI (sin esas corbatas que tan mal le sientan).

Siempre me dio envidia Mercedes Milá. Seguí su integral como entrevistadora en TVE: Dos por dos, Buenas noches, El martes que viene y De jueves a jueves. Qué feliz habría sido haberse instalado en su biografía. En Miramar. Con las Montesa. Haber sido cuñado de Sagrario Ruiz de Apodaca y hermano de Lorenzo.

Me alegro muchísimo de que ella haya rebañado hasta el último gramo de la felicidad que la vida le ha brindado. En el Salvados de Évole quedó claro que la ha sabido valorar.

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