Análisis

ENRIQUE ESQUIVIAS DE LA CRUZ

Abogado

Al este del Tamarguillo

El que fuera hermano mayor de la corporación de la Madrugada entre 2004 y 2012 destaca la dimensión social de la visita del Señor a los barrios más desfavorecidos de la ciudad

Al este del Tamarguillo

Al este del Tamarguillo

Echó, pues, fuera al hombre, y puso al este del Edén a querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida". (Génesis 3,24).

Con este lenguaje bíblico tan expresivo nos cuenta el Génesis la expulsión del Hombre de la presencia de Dios, después de haberlo desobedecido, y cómo fue enviado al este del Edén, a la tierra de la desesperanza y la muerte. Pero el Hombre, desde el principio de su existencia y bajo la libertad que le otorgó su Creador, ha seguido creando por su cuenta infinidad de tierras al este del Edén, lugares donde el principal reto es la vida en sí misma, donde cada día es un triunfo, donde aprietan las costuras del desamparo, la soledad, la pobreza y la marginación, lugares dejados de la Mano de Dios por acción de la mano del hombre.

Vivimos bajo un continuo bombardeo sobre la pobreza en el mundo. Las cifras que hablan del número de personas que mueren de hambre o que no tienen acceso a una vivienda digna o un mínimo sistema sanitario son sobrecogedoras, y si lo comparamos con la opulencia en la que viven algunos o pensamos en las escasas manos en las que se concentra la mayor parte de las riquezas, la desesperanza es absoluta. Por otro lado, la globalidad nos hace ser partícipes de un problema lejano en tiempo real.

Sin embargo, cuando oímos hablar del "Tercer Mundo", la expresión todavía nos sigue evocando a tierras exóticas y lejanas. Nos sentimos más cómodos pensando en la cobertura de nuestro supuesto mundo desarrollado -no dudo que lo sea en términos comparativos- y ni por asomo nos atrevemos a reconocer que ese otro mundo de marginación no está tan lejos del nuestro, que lo tenemos aquí mismo, en nuestro entorno, en nuestro país y en nuestra ciudad, la que presume de no sé cuántas cosas y por encima de todas ellas, de mirarse permanentemente el ombligo sin otra tarea más productiva; la ciudad de las famosas dualidades -a mí la que más me llama la atención es la de tener tres patrimonios de la humanidad en una misma plaza y tres de los barrios más pobres de España en un mismo distrito, para vergüenza de todos-, esta bendita ciudad que lleva siglos de inacción, que sigue esperando la llegada de la flota cargada con los tesoros del Nuevo Mundo, cuando ya no existen ni tesoros ni nuevo mundo y a la urbe casi solo le queda la fachada hueca de la opulencia; esta Sevilla de nuestras entrañas, tan hermosa como inactiva, acomodaticia más que acomodada, que desgraciadamente nunca podrá sentirse desarrollada, por muchos que sean los oropeles, mientras tantos de sus hijos, más de 100.000 según las últimas estadísticas, sigan viviendo en las circunstancias que lo hacen. Son los sevillanos anónimos, alejados de los centros del poder económico y social, de las páginas de la actualidad, los que no pertenecen al todo Sevilla, pero sí forman parte de toda Sevilla, los que no cuentan para casi nadie. Sin embargo, ellos también son Sevilla, tanto como los que nos creemos guardianes de su esencia, en la misma medida que Mirlo, Colibrí, Candelera o Candelón, son calles tan sevillanas como Cuna, Sierpes o Tetuán. Hay una parte de nuestra ciudad olvidada, que pide a gritos que volvamos nuestros ojos hacia ella. Una Sevilla en la que unas cuantas parroquias hacen una labor callada y constante, luchando por un mundo mejor, sin llamar la atención y sin buscar la notoriedad que tanto gusta en otros escenarios. Esas parroquias son la esencia de la Iglesia de Jesucristo, la palabra del Evangelio convertida en obras y, aunque moleste a algunos o quieran silenciarlo, a menudo también se convierten en la última puerta a la que llaman muchos de nuestros semejantes, cuando todas las demás, públicas y privadas, se les han cerrado definitivamente.

A esa ciudad y a esas parroquias es a donde se nos ha marchado el Señor sin más equipaje que sus pies desnudos y su cruz al hombro. El Señor, tu Señor, el que ha cumplido 400 años sanando corazones heridos, al que se le han ido marcando en el rostro las heridas de su ciudad, el que sigue dando el paso al frente que nosotros no nos atrevemos a dar por una mezcla de desidia y pereza, el que no entiendes cómo puede ser tan tuyo siendo de tantos, el de todos los viernes de todas las semanas, el que camina sobre la multitud una noche de primavera y puedes encontrar en la soledad de su basílica cualquier mañana de verano, sin mas compañía que el mármol de las promesas. El Señor al que te llevaba tu madre de pequeño, el de las estampas y los azulejos, el vencido que todo lo puede, el que te oye sin escucharte y te ve sin mirarte; el Señor al que tantas veces has acudido cuando todo se venía abajo, cuando la vida te daba las cornadas mas traicioneras, el que te da la fuerza necesaria para seguir tirando de tu propia cruz.

Este Señor tan tuyo y tan de todos ha dejado su hermosa plaza por unas semanas y se nos ha ido donde la vida más aprieta, en busca de sus hijos predilectos, los que quizás no lo conozcan como tú y como yo, pero lo merecen mucho más. Han sido muchas horas de camino, que han servido para recodarnos que aquello también es Sevilla y que ellos son nuestros hermanos. Esta vez no ha ido sobre su portentoso paso, como cada Madrugada, sino sobre las sencillas andas, evocando las lejanas misiones del año 65, y su destino no ha sido la monumental Catedral, sino tres humildes parroquias -Blanca Paloma, Candelaria y Santa Teresa- que mantienen la presencia de Jesús Sacramentado donde más falta hace. Ha marchado rodeado de los suyos para encontrarse con los que también son suyos. Un largo viaje en el que nunca se ha sentido solo, porque todos hemos ido con Él, para mezclarnos con quienes son nuestros hermanos y más nos necesitan. El Señor ha emprendido un largo camino para llevar su Gran Poder al este del Tamarguillo.

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