Ahora que la primavera irrumpe por sorpresa, perfumada y limpia, alargando sus tardes como las últimas notas en una canción de amor, apetece salir a caminar al encuentro de una Sevilla que, a pesar de presentar un escenario diferente marcado por la certeza del vacío, impacta por su belleza cargada de matices.

Mi amigo Paco Robles decía que las ciudades se leen con los pies y que es de las cosas más hermosas que se pueden hacer en esta vida. Añadiría que además, en cada paseo, las calles, plazas, jardines o monumentos logran captar la emoción de la mirada que le proyectamos y que nos es devuelta, de manera idealizada, en cada reencuentro. De esta forma con la conciencia abierta a la contemplación, se logra recuperar las vivencias que quedaron prendidas en la memoria de la piedra.

Ese acto de búsqueda voluntaria del recuerdo deseado, mejor se vive a solas y en silencio, como en oración, para sentir en la intimidad la confortable sensación de protección que produce.

Quién tenga la posibilidad de escaparse y su andar le conduzca por azar hacia los Jardines de Murillo, se sentirá inmerso en el sueño de la luz de cera y el brillo de la plata que quedó adherido a su muro. Se verá atrapado por el frescor del tapiz de hiedra, del olor a incienso y a flor temprana. Le envolverá el murmullo de la espera y verá aparecer las dos palomas sobre el palio de terciopelo azul mezclado en el misterio de la noche blanca. Sentirá en sus espaldas el apoyo de la fuente manierista, testigo de excepción del escalofrío y del rostro conmovido al paso del dulce semblante.

No existe el cansancio en este caminar al amparo de lo que proporciona alivio a la melancolía. Cada uno sabe cuándo elevar la mirada y cuál es el lugar donde encontrar la memoria de su existencia.

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