Análisis

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San Telmo Business School

Tiempos de cambio: reinventando el capitalismo

Lo único cierto e inexorable es el propio cambio. Lo más incierto es la meta, el destino. El cambio puede ser continuo, endógeno al propio ser en transformación, orientado a la consecución de un fin deseado. Pero también puede ser radical, disruptivo, provocado por causas endógenas y exógenas, con desconocimiento de la meta final. Vivimos tiempos de cambios radicales e inevitables. Las nuevas tecnologías disruptivas, las migraciones y los cambios climáticos los percibimos como fenómenos exógenos. Pero son total o parcialmente generados por el hombre. A veces sin intencionalidad consciente, con desconocimiento de su impacto a largo plazo sobre la humanidad. Hay intencionalidades conscientes, de corto plazo, ligadas a intereses individuales o colectivos. También hay impactos a largo plazo, no intencionales, irresponsablemente inexplorados. Son los efectos colaterales, las deseconomías externas. El calentamiento global, el agotamiento de los recursos naturales, las desigualdades, la frustración de la clase media, la fragmentación de la acción pública, los partidos populistas, la crisis de la democracia, son fenómenos que los consideramos exógenos, pero han sido generados por el hombre, a veces inconscientemente. Consecuencia del horizonte a corto plazo en el que se planifican las acciones económicas y de la irresponsabilidad que implica no explorar los efectos externos a los propios intereses. Con el paso del tiempo los daños inconscientes se convierten en una realidad consciente e indeseada.

La primera reacción es la de negar la realidad. Está ocurriendo con el calentamiento global, con el aumento de las desigualdades o con el deterioro de la democracia. La segunda reacción es situarse en el espacio de la no responsabilidad y considerar los daños como inevitables. La tercera reacción es la de enfatizar los costos de oportunidad que implicaría la corrección o evitación de estos daños: menor crecimiento, menor consumo, menor bienestar. La economía de mercado y la globalización han reducido la pobreza mundial de los países más atrasados. Lo cual es cierto en términos estadísticos. Pero también es cierto que la sociedad es más desigual dentro de cada país y socialmente más insatisfecha e irritada y menos feliz. A veces se nos olvida que el hombre consume bienes materiales y bienes intangibles. Es un mundo en el que los bienes intangibles tienen más valor que los tangibles. El hombre valora cada vez más el consumo de experiencias satisfactorias no materiales, de bienes intelectuales y culturales, de bienes emocionales, del bien de la libertad, la justicia y la solidaridad.

Algo hemos hecho mal. Se necesita una reflexión planetaria. El debate útil y no es sí o no a la economía de mercado. No existe una alternativa mejor. Tampoco es racional el planteamiento de políticas radicales que defiendan el no-crecimiento o la redistribución sin crecimiento. Tras la gran recesión algunos políticos tomaron conciencia. Se habló de reinventar el capitalismo. Reformar o explosionar. El progresismo radical, del cambio por el cambio, sin explorar los costos de la voladura del sistema en términos de pérdida de crecimiento y de bienestar es una utopía suicida. Pero algo tenemos que hacer. Sin reformas profundas el sistema actual no es sostenible. El crecimiento es una condición necesaria, pero no suficiente para garantizar el bienestar material e inmaterial de la humanidad.

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