Análisis

Setefilla R. Madrigal

"Tós por iguá"

El baile entre la alta cultura y la cultura de masas, la danza entre los que ven estos días como una oportunidad de redención y recogimiento y los que salen a la calle solo porque es lo que toca durante esta semana. La gente apostada en las aceras, atendiendo más a actividades propias de un circo -paquete de pipas en mano- y los mismos, justo al lado, que no se permiten descansar ni un segundo ante la inmensa cola de nazarenos que se extiende entre un paso y otro. Todo es Semana Santa. Una convivencia de siete días en la que el pueblo se echa a la calle para contemplar las imágenes sacras paseando por sus respectivas ciudades, a ritmo de corneta y tambor, de música de capilla o avanzando entre el más sobrecogedor silencio.

La Semana Santa es de todos. De la mujer de pueblo que movida por su fe se va todos los años a la capital a cumplir sus promesas. De las hermandades de barrio donde los penitentes giran sus cuerpos para charlar con el de atrás, mientras esperan que su madre les entregue una botella de agua. "¡José Miguel, que estoy aquí!", grita la que lo parió mientras el nazareno extiende la mano, olvidando de pronto todas las normas.

Es también del hombre de trono, del capataz y de los niños pidiendo cera para aumentar su bola. Pero además, lo es también del turista que se deleita intentando entender lo que ve, del hombre de los globos y del camarero del bar de la esquina al que el cansancio le rebosa ya por la cara.

La Semana Santa son imágenes de contraste, como la propia sociedad en sí misma. La vida y la muerte trenzándose en los pasos de misterio, palios o crucificados. Una marea de personas, todas diferentes, sintiendo cómo se les encoge el corazón cada vez que pasa un cortejo. Da igual si es fe o cultura, da igual si se va por uno mismo o para complacer a otros. Poco importa el sentimiento que haya movido a cada cual a estar en ese mismo lugar, en ese mismo momento. Poca relevancia tiene que sea la primera vez que lo vea o si lleva viéndolo cada año desde que nació. Eso sólo es importante para los que no entienden el verdadero sentido de todo esto.

Porque la Semana Santa es de todos, no un negocio, no un hecho distintivo de clases, insignias o galones de tradición familiar, y claro que no, una herencia rancia que solo sirve para impugnar tintes de racismo ideológico. La Semana Santa es más que eso, es de todos, es del pueblo, es del que la tome y la cuide a su forma, movido por sus sentimientos y sensaciones. Una danza, un cortejo o la mezcla de recuerdos que al final todos albergamos.

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