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Análisis

rogelio rodríguez

Las encuestas alumbran a Sánchez la salida

El presidente debería ceder a la tentación de averiguar si están en lo cierto las encuestas

El Gobierno que abandera Pedro Sánchez pierde apoyos en el Parlamento, pero el PSOE gana enteros en los sondeos sobre intención de voto. Si, en general, las encuestas son dadivosas con el partido que gobierna, las del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) suelen rayar el dispendio. La estadística no garantiza la sentencia, pero crea ambiente a favor de los que la encabezan. Atribuir al PSOE en este momento el 29,9% de los votos (9,5 puntos por encima del PP y de Ciudadanos y 14,3 respecto a Podemos) denota, además del tradicional efecto Moncloa, los efectistas aderezos del nuevo jefe de cocina del CIS, José Félix Tezanos, ex miembro de la dirección socialista. Y es que, además, el sondeo, el primero tras la moción de censura, se realizó antes de los reveses parlamentarios que sufrió el Gobierno cautivo y antes de que los populares eligieran a su nuevo líder, Pablo Casado.

No obstante, el resultado de la encuesta sí sirve para apuntalar el gran objetivo del aparato de Ferraz al presentar la moción de censura contra Mariano Rajoy: agitar al electorado de izquierdas, desarbolar a sus incrédulos rivales y reubicarse en el foco de la percepción pública ante un previsible adelanto electoral. ése y no otro era el propósito inicial. Por eso el candidato Sánchez subió a la tribuna del Congreso sin programa alternativo y sin ánimo de gobernar. Pero el PNV decidió que ocurriera lo imprevisto. En solo unas horas, el PP perdió el gobierno y a su incuestionado jefe de filas y el controvertido líder socialista, que había cosechado el peor resultado en las urnas de la historia de su partido, ocupó La Moncloa para satisfacción propia, alborozo independentista por la caída del Ejecutivo de Rajoy y el asombro generalizado.

A Pedro Sánchez no le importó la peligrosa toxicidad de los grupos que le auparon al poder, ayudado también por la memez política de quien pudo evitarlo y no quiso. En un santiamén, el fin justificaba los medios, aunque solo fuera de cara a las encuestas en una legislatura moribunda, convertida ya en precampaña. Ningún otro Gobierno estuvo tan maniatado, y de ahí que su acción se reduzca a una política oportunista de gestos ideológicos y a divulgar compromisos absurdos, innecesarios o imposibles.

La negociación con la Generalitat es pura fachada. No está en la mano de Sánchez conceder el derecho a decidir sobre la soberanía, ni la liberación de los presos secesionistas, ni el regreso de los fugados.., a lo que se añade su incapacidad material para resolver otros asuntos como la financiación autonómica o, más aún, el tremebundo drama de la creciente inmigración ilegal.

El Gobierno carece de margen de maniobra, pero le está prohibido claudicar ante sus abyectos aliados de investidura. Se lo impide el propio Estado. La oposición, que ahora encabeza Pablo Casado, ha empezado a aporrear la puerta del presidente. Sánchez debería ceder a la tentación de averiguar si las encuestas están en lo cierto.

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