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07 de marzo 2026 - 03:08

Hay detalles que cambian la Historia. Quién sabe cuántos votos sumó Adolfo Suárez por lo afortunado de sus discursos cruciales en la recta final de las elecciones del 77, además de sus coletillas. Ahí estaba Fernando Ónega, prietas las filas con un presidente ex falangista que necesitaba alzarse en los comicios para timonear el cambio iniciado. Que había iniciado desde la dirección de TVE.

La televisión, como la Hispania romana, fue la primera en oxigenarse de espíritu renovador, gracias a Suárez y su entorno, con Franco abriendo los Telediarios, y casi la última institución pública en deshacerse de resistentes vestigios totalitarios.

Ónega, como se ha dicho tanto ahora, con su serena lupa vital, era buen periodista pero sobre todo buena persona, algo que no abunda en esta profesión, créanme. Cuando estaba en la dorada infantería de los contertulios era impensable que se ausentase, recordaba Gabilondo a Alsina. Para aportar datos y opinión, sin meter la pata y sin tener que cornear, necesitaba tiempo frente a las urgencias de ahora de tantos todólogos.

Ónega se puso a las órdenes de Suárez porque no pasó la prueba de imagen para los Telediarios de la Transición. Sus gafas de culo de botella le llevaron a la Moncloa, no a Prado del Rey. Aquellas noticias las contarían Lalo Azcona, Eduardo Sotillos y Pedro Macía. Ónega tendría tiempo de sobra para conducir otros informativos. Como lo que sucede conviene, nos convenía a todos que en 1977 le pusiera música a las ideas de UCD.

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