Análisis

Juan Ruesga Navarro

pasado perverso

HAY algo en el pasado de perversión. La búsqueda del ayer está en cada uno de nosotros. Hasta la realidad más vulgar queda ennoblecida por el paso del tiempo, que llena de interés y poesía las cosas y sucesos más comunes. Cuanto más alejados en el tiempo los sucesos, más fascinantes nos parecen. Pero el pasado, a la vez que nos da sentido, nos ancla, nos retiene, tira de nosotros. Nuestras raíces nos alimentan, pero al mismo tiempo impiden que nos movamos.

Y cuando estos sucesos se repiten los convertimos en tradición, de la que no queremos conocer los orígenes, quizás para estar más cómodos y no tener que preguntarnos ¿porqué?, ¿para qué?. Todo debe tener una medida, un equilibrio. Nada es veneno y todo es veneno, la diferencia está en la dosis, decían los antiguos alquimistas. Ya empezamos a sentir el efecto negativo de la masiva presencia de visitantes a lo largo de todo el año cuando no hace mucho nos quejábamos de que los turistas se concentraban en unos pocos meses. Puede que pronto sintamos el efecto de la Feria ampliada en días. Quizás ha sido una hábil solución para algunos, que permite no ampliar el recinto ferial, y en realidad plantear alrededor de los dos fines de semana dos ferias diferentes, feriantes cabales y los demás, situación que de hecho lleva mucho tiempo incubándose. De tres días fundacionales, ya vamos por diez. Y así puede ocurrir también con las procesiones. Quizás busquemos en las singulares, Vía Crucis y otras, el sentido del equilibrio entre comitiva y público que la contempla, que se está perdiendo en las de Semana Santa. Hay opiniones.

Porque en Sevilla estamos rodeados de guardianes del Paraíso, con la espada llameante en la mano. En realidad, creo que todos los sevillanos lo somos en cierta medida. Que a un sevillano le guste todo lo que pasa en la ciudad lo hace sospechoso para los ojos de aquellos que juegan a establecer una medida justa en cualquier aspecto de nuestra vida. Tengo amigos que se sientan en los veladores de la Plaza de San Lorenzo, el Sábado Santo a ver salir la Soledad. Maravilla íntima de algunos. Pero para otros, esos mismos veladores están alterando la vida reposada de esa plaza. Reposo que otros quizás no recordaron cuando colocaron el monumento a Juan de Mesa. A algunos sevillanos no les ha gustado nunca la Alameda, ni antes ni ahora. En esta tensión entre el pasado y el presente se debate nuestra cultura.

Con frecuencia oímos que Sevilla tiene como principal atractivo la propia ciudad. Para nuestros visitantes la primera actividad de ocio es pasear por Sevilla además de conocer la Catedral y el Alcázar. Los datos lo confirman. La principal actividad cultural es visitar monumentos, seguida muy de lejos por las visitas a los museos y entre los aspectos mejor valorados el primero es nuestra arquitectura, seguido por aspectos tan intangibles como: la gente, la ciudad en sí misma y el ambiente. Hay especialistas europeos en temas de promoción turística y cultural que piensan que Sevilla está destinada a convertirse en una referencia mundial. ¿Premio o castigo? Depende del punto de vista.

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