Análisis

Juan Antonio solís

Qué sano era todo

Nos vestíamos de 'Jugador número 12' y éramos superhéroes: España era invencible

En el fútbol español de los años ochenta, la clientela habitual de las gradas no era ni mucho menos como la actual. Hoy da gusto ver que las jóvenes asisten a los estadios casi en la misma proporción que los chicos de su edad. Reconforta ver que ellas se han subido a esa pasional montaña rusa con la misma entrega a unos colores al tiempo que regatean complejos para patear una pelota.

Pero unas tres décadas atrás, el fútbol aún olía demasiado a testosterona. A puro habano. En esas gradas de botas de vino compartidas y grupos de militares sin graduación las mujeres eran abrumadora minoría en el Ramón Sánchez-Pizjuán y el Benito Villamarín.

No obstante, todo cambiaba cuando regresaba la selección española y béticos y sevillistas nos vestíamos de Jugador número 12. Ahí, las chicas se apuntaban a la fiesta de ir al estadio a apoyar a la selección. Y lo pasábamos de miedo. También era aquella una ocasión inmejorable para sacudirse la timidez e irse conociendo...

Pintarnos la cara con ceras rojas y amarillas nos hacía sentir durante unas horas como pequeños superhéroes de andar por casa: todas las selecciones que asomaban por Sevilla acababan calcinadas en la festiva pero ardiente pira. Nos sentíamos invencibles. El paisaje era bien distinto al de un domingo de Liga, y también la energía que manaba de la grada hacia la hierba lo era. Abundaba la chavalería y los cánticos le ganaban esta vez el pulso a los añejos exabruptos. Pero no por cándida esa energía era menos eficaz. Impulsaba a una selección, la española, que ni mucho menos era favorita a conquistar Mundiales o Eurocopas, como ha sucedido últimamente. A aquel equipo que Miguel Muñoz empadronó en Sevilla no le sobraban los cracks. Tenía uno de época, Gordillo, ídolo esas noches de béticos... y sevillistas.

Ese fútbol que se nos fue se volverá a hacer carne hoy en Heliópolis. Qué sano era todo.

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