Análisis

Rogelio Velasco

¿Cómo va el 'Brexit'?

Las intensas negociaciones que el equipo de la UE ha llevado a cabo con el Gobierno británico han ofrecido sus primeros resultados al acabar 2017. La presión de los mercados ha ejercido un importante papel, porque la sensación de los gestores de operadoras financieras era que las negociaciones estaban estancadas y no se avanzaba en puntos fundamentales. Aunque no se hayan cerrado por completo, se ha alcanzado un principio de acuerdo entre las dos partes.

En primer lugar, durante los años 2018 a 2020 el Reino Unido contribuirá a las arcas comunitarias como si fuese miembro de pleno derecho. Esto significa aportar entre 40.000 y 60.000 millones de euros. Si la UE adquiere compromisos adicionales que sean pagaderos con posterioridad (por ejemplo, mayores sueldos o pensiones para los funcionarios de Bruselas), también tendrá que realizar una contribución.

Uno de los asuntos más delicados de la negociación ha sido el derecho de los ciudadanos comunitarios que residen en las islas, que ha permanecido esencialmente igual que en la actualidad, aunque con algunas restricciones para los casos de reunificación familiar.

El papel del Tribunal de Justicia de la UE ha sido unos de los elementos contrarios a la soberanía británica que mayores dificultades ha entrañado. La UE ha suavizado su postura inicial de someter todos los litigios a este tribunal por otra en la que el tribunal interpreta las diferencias, pero la corte británica puede también hacerlo durante un periodo prolongado.

En la práctica, y cuando el periodo transitorio se haya agotado, el Gobierno británico tendrá que adaptar su legislación a la comunitaria si no quiere imponer un elevado coste a las empresas británicas que operan en la UE. La soberanía del parlamento va a quedar limitada al tener que adaptarse a leyes comunitarias. Una gran diferencia entre la soberanía real y la formal.

Y el asunto de Irlanda del Norte se ha salvado con un compromiso de respetar la normativa comunitaria, pero con la promesa de no levantar un muro en las relaciones entre las dos Irlandas.

Si las negociaciones para la salida han sido complejas y largas, las que se inicien los próximos días para definir la futura relación entre las dos partes, lo será aún más.

Está en juego, en primer lugar, la posición del Reino Unido en el mundo y, en particular, con respecto a la UE. Los propios políticos británicos no saben que hacer. Han dado un gran salto en el vacío y ahora tienen que señalar dónde quieren situarse. El partido conservador tiene pocas ideas al respecto; el laborista las tiene mejor definidas, pero conduciría la política económica británica a la década de los setenta.

El modelo futuro de relación podría estar entre un acuerdo de libre comercio como el firmado con Canadá -algo que la UE no quiere- y el del pago de una elevada contribución anual por acceso al mercado, como Noruega, algo que los británicos rechazan. En todo caso, las opciones británicas estarán limitadas y por más que se analice, no serán mejores que las actuales. Lo que muestra la UE al día de hoy, es que no quiere ofrecer ni demasiado ni demasiado pronto al Reino Unido para pactar el divorcio.

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