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Luis Navarro García / L Catedrático Emérito De Hª De América

Adiós a un Maestro

16 de noviembre 2010 - 01:00

LA muerte de tan eminente colega como lo fue el Doctor Francisco Morales Padrón cubre hoy de luto a todo el americanismo español. Aunque lo conocía de antes, tuve ocasión de tratarlo con motivo de sus oposiciones, cuando José Joaquín Real y yo le ayudamos a completar la documentación de algunos temas de su programa. Tomó posesión de su Cátedra de Historia de los Descubrimientos y Geografía de América en diciembre de 1958. La Cátedra que fue pilar fundamental y palanca de proyección de toda su posterior vida académica, empezando por su inmensa producción bibliográfica.

Morales Padrón fue toda su vida un trabajador sin reposo. "Mi padre fue un obrero", le oí decir un día con sencillo orgullo a los alumnos de la Universidad Laboral, a los que fue a hablarles, como siempre, de América. Llegado a Sevilla gracias a las becas que entonces ofrecía la naciente Escuela de Estudios Hispanoamericanos, aquí se formó como americanista a la sombra de maestros como Rodríguez Casado, Muro Orejón, Giménez Fernández y Calderón Quijano. El Archivo General de Indias fue, naturalmente, su principal campo de operaciones como investigador, y la Universidad de La Rábida -que en sus primeros años tenía sus actividades en el monasterio franciscano- fue el otro hogar científico donde se templó su espíritu americanista.

Nacido en Gran Canaria en 1923, llegó a la Cátedra con un importante bagaje de publicaciones, pronto enriquecido por su gran Manual de Historia de América en dos volúmenes, cuya misma existencia da fe de su espíritu dispuesto a abarcar toda la realidad americana y de su empeño por divulgar estos conocimientos. A eso dedicó una parte importante de su vida. Otra y no pequeña la dedicó a Sevilla, sin olvidar las islas que lo vieron nacer. Sevilla, Canarias y América tienen una continuidad natural que se hacía visible en la misma existencia de Paco Morales.

A Canarias consagró su esfuerzo para crear los Congresos de Historia Canario-Americana, cuya dirección hubo de dejar cuando pasaban de quince. Y todos los años llevaba a su madre, allí en la isla, un clavel del paso del Cachorro sevillano. Y Sevilla fue, más que para cualquier otro americanista, la ciudad amada que cantó y contó de mil maneras. Fue enorme el impacto que causó la aparición del libro Sevilla insólita (1972) en el que los sevillanos descubrieron, a través de su emotivas frases, el encanto de los conventos de clausura. Y a éste seguirían media docena de libros más sobre la ciudad por él elegida. Desde la Universidad dirigió una Historia de Sevilla en varios volúmenes que puso al día nuestro saber sobre la ciudad. Cofrade sevillano, pregonero de la Semana Santa, fue secretario y luego director de la Academia Sevillana de Buenas Letras, a la que dio un impulso revitalizador.

Durante una década fui colaborador suyo en una empresa importante: la edición del Anuario de Estudios Americanos, del que fue director y al que también imprimió una notable modernización. En la Universidad fue decano y luego director del Departamento de Historia de América, además de haber regido muchos años el Colegio Mayor Hernando Colón, gustándole hallarse rodeado de gente joven.

Forjó discípulos en el equipo de su Cátedra. Además de Juana Gil Bermejo, ya fallecida, ahí están Enriqueta Vila, Ángel López Cantos, Isabelo Macías, Franciso Castillo y Antonio Gutiérrez Escudero, entre otros. A todos ellos los orientó, como buen canario, a estudiar la colonización española del Caribe: las Antillas y Venezuela, particularmente, sobre las que, gracias a esa labor, aumentó considerablemente nuestro conocimiento. Hoy, cuando su vida se extingue, él mismo deja un libro en vías de publicación, la historia de la isla de Trinidad, que parece cerrar el ciclo que él mismo inició cuando dedicó su tesis doctoral a otra isla caribeña, la Jamaica española.

Dotado de una gran personalidad y de extraordinario dinamismo, puso Morales Padrón gran empeño en dar a conocer el americanismo español en el exterior (colaborando en esto con Florentino Pérez Embid). Él mismo fue un gran viajero asistiendo a Congresos en toda América y Europa, y siendo secretario de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos consiguió del Ministerio varias becas gracias a las cuales varios colaboradores de este centro -Juana Gil Bermejo, Bibiano Torres y yo mismo, entre otros- pudimos realizar investigaciones en varios países americanos en 1967, cuando no abundaban las oportunidades para estudios de este tipo.

En esta línea, cabe recordar cómo trajo a Sevilla y a la Escuela por esas fechas el IX Coloquio de Historia Naval, con asistencia de las máximas autoridades europeas en la materia (Verlinden, Mollat, Chaunu, Waters, etcétera), coloquio que culminó en un viaje por el río en un buque de la Armada hasta Sanlúcar, y en 1970 uno de los primeros Congresos de la Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos (Ahila), de la que fue verdadero fundador.

Retirado de la Cátedra un par de años antes de lo justo, por una disparatada orden del Gobierno, continuó sin embargo largo tiempo entre nosotros como Emérito y Profesor de Tercer Ciclo. Su tema habitual era entonces el de América a través de su Literatura, tema que yo le había sugerido para un ciclo de conferencias en La Rábida y que fraguó finalmente en otro libro: América en sus novelas.

A su esposa Helena, constante compañera de sus tareas científicas, y a su hijos Helena y Saulo, dejamos aquí la expresión de nuestro dolor.

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