La ventana

Luis Carlos Peris

Adiós a la manigueta de toda una vida

TODA una vida en lugar preferente, a mi amigo Ricardo iba a verlo cada Miércoles Santo a sabiendas de donde estaba. Un año por Galera o en Santas Patronas, otro en San Pablo o a la vuelta por el Postigo, a pesar del antifaz no había problema para encontrarlo. Iba a tiro hecho y allí estaba, junto a la manigueta delantera derecha del paso de su cofradía del alma. Esa cofradía no hace falta aclarar que es la del Baratillo, pues las pistas del itinerario son indiscutiblemente baratilleras. Pero los tiempos son como son, la mujer ha logrado el sitio que por derecho le pertenece, ya no son meros elementos decorativos de la fiesta en el balcón o con mantilla negra, sino que han entrado de lleno en el meollo de la cosa, en el cortejo de la hermandad como nazarenas. Y, claro, al pobre Ricardo le ha birlado su derecho maniguetero una hermana más antigua en la hermandad y cuesta dar con él, vaya que si cuesta.

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