Acción de gracias

Las Américas

La amistad nos otorga una nueva medida del mundo. Ante el afecto, por ejemplo, no importa la geografía

No lo había contado por aquí, pero una vez tuve entre mis responsabilidades la corona de Aragón, y también la de Castilla, y, si me permiten que saque pecho, también reiné en Sicilia, Nápoles, Cerdeña, Navarra. La verdad es que los médicos no me dieron una baja por ansiedad porque andaban ocupados curándole al personal padecimientos como el mal de bubas y el tabardillo, que era como llamábamos entonces a la sífilis y al tifus. Sorprende que pusieran al frente de tanto territorio a un tipo como yo, que se bloquea ante un trámite en la administración electrónica, pero por suerte hablamos de un tiempo en el que los ordenadores no existían, se rubricaban los documentos con una vistosa pluma de ganso y no se estilaba ese lío de la firma electrónica. En realidad, todo fue un teatro: aquel curso se celebraba el quinto centenario del descubrimiento de América -lo de pedir perdón por aquello no se había puesto de moda todavía-, y un compañero escribió una obra sobre la gesta de Cristóbal Colón en la que yo interpretaba a Fernando el Católico. Con aquella modesta producción llegamos a las Indias, pero también nos reímos: lo de mi frenillo al hablar confundió a algún espectador, que admitió no entender por qué había decidido darle un acento francés a un monarca tan ligado a la idea de hispanidad. Estos cómicos, pensaría el muchacho, siempre reescribiendo la Historia con tan poca fidelidad a los hechos.

Aunque en realidad no quería hablarles de mi reinado, que está feo que uno se jacte de sus títulos, y más cuando el cargo más notable que ha ostentado en la realidad fue una triste presidencia en la comunidad de vecinos. Yo quería escribir hoy sobre Isabel, la Isabel la Católica de aquella función: Verónica, Vero. Se cumplen 30 años de la fecha en que nos conocimos, desde que los ensayos de esa obra sobre la conquista de América nos unieron. Qué deslumbramiento, qué fortuna, tras una travesía en el desierto, encontrar a alguien con tus mismas inquietudes: también enfermo de películas y libros, hambriento de experiencias y viajes. A su lado -aún éramos adolescentes, aquel curso sería el de la Expo, aguardaban toda clase de prodigios-, la vida se volvió emoción y aventura, aprendizaje y vértigo, como si nosotros también hubiésemos zarpado en esas carabelas. La amistad nos otorga una nueva medida del mundo. Ante el afecto, por ejemplo, no importa la geografía: una palabra amable, aun dicha en la distancia, te arropa y te salva. Uno sabe que es digno al verse en la mirada del amigo.

Tengo aquí, a mi lado, una foto que nos hicieron a Vero y a mí en Cádiz. Sonreímos y el viento nos despeina. Y si cierro los ojos siento que sí, que fuimos reyes, que de algún modo el mundo ha sido nuestro en estos años.

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