La lluvia en Sevilla

Ansia viva

Pensemos en cómo no matar de éxito a Sevilla, y ser sostenibles y prósperos, cuando pase el Covid

Siguiendo las indicaciones de las autoridades sanitarias, llevaba metida en mi casa una semana cuando, el día de la Purísima, salí a darme una vuelta por el centro y encontré las calles la mar animadas: gente de compras a pesar del festivo, la chiquillería en los cacharritos que han puesto en Las Setas, abrigos de paño con señores dentro, un oso maravilloso como el que (¿recuerdan? O tempora, o mores) se echó una pataíta en la última Feria, los veladores a full en los que a los clientes se les juntaba la tostada con la hora de la cerveza, el paso rápido y firme de las mozuelas afogaradas que van de shopping, unos músicos tocando La vida es bella en Plaza Nueva. Hasta que un chaparrón repentino dispersó a la concurrencia. Es inédita, y desagradable, la sensación de la mascarilla mojada sobre el rostro.

Viendo lo animada que está la calle estos días (una animación por fin llevadera, no invasiva), me entra el temor de que, cuando pase todo esto, queramos con ansia viva viajar, consumir, salir, no entrar, engullir experiencias, no perdernos una. Con ello se sueña, y se fomenta a diario desde las redes y los medios. "Cuando esto acabe voy a quemar Sevilla", hay quien dice, confundiendo vivir con arder. Es necesario que la economía -en este modelo donde se han puesto los huevos de oro en el canasto de la hostelería y el turismo, y los de gallinas de picamierda en otros cestos en los que nos podría ir bien- se entone, y cese la angustia por la subsistencia. Pero a su vez me temo no sólo que volvamos a aquella Sevilla mogollónica -saturada de despedidas de soltería, vociferios patrocinados en plena vía pública, eventos multitudinarios, alquileres a precios de turista, encarecimiento de la vida del barrio, sustitución de los negocios locales por franquicias que simulan ser establecimientos originarios-, sino que incluso la superemos. Como diría el castizo, eso sería "mejorar para peor". Mala idea. Igual que los gallegos tienen la superstición de que, el día del velatorio de algún difunto de la familia, se les caiga la casa encima; así temo yo que, cuando renazca la ciudad después de la crisis del covid, Sevilla se venga abajo de aceleración, macroeventos y mogollones. Lo digo en las horas más bajas, a la espera de tiempos mejores: cuando Sevilla despierte de este mal sueño, habrá que guardarla del ansia viva. Conviene pensar cómo no matar de éxito la vida corriente y hermosa de esta ciudad, cómo ser sostenibles además de prósperos, cómo dejar de destrozar la verdad de este lugar, que es por cierto lo que tanta gente viene buscando. Entre el trasiego animoso (aunque insuficiente para los negocios) de estos días de frío, y el ruido espasmódico y acelerado de la ciudad cuando todo, supuestamente, va bien, hay un amplio punto para vivir Sevilla y hasta para vivir de Sevilla.

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