Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
AUNQUE compartí con él durante muchos años las tareas docentes en la antigua Facultad de Filosofía y Letras de Sevilla, primero en los dos pequeños patios contiguos a la calle Doña María de Padilla, con su frescor de fuentes y su aire familiar de casa sevillana, y más tarde, ya derribados los muros interiores, en los amplios espacios que nos dejó libres la Facultad de Ciencias, nunca tuve en aquel tiempo con el profesor Morales Padrón un trato sostenido. Lo impedían, aparte de la diversidad de nuestros estudios -él americanista y yo filólogo- cierta timidez mía ante sus muchos méritos profesionales y su imagen de destacada figura universitaria. Pero pronto pude detectar en su persona algo que no era habitual en otros historiadores de la casa: su apasionado interés por temas que desbordaban el campo de su especialidad, y muy en particular por el mundo de la literatura. Venía de vez en cuando por mi departamento a preguntarnos por autores y obras tanto clásicos y modernos, verificar un dato o saber noticias nuevas que le iban a servir para aclarar un acontecimiento histórico, escribir un artículo de prensa, una novela o proyectar uno de sus muchos libros de tema americano. Me fui percatando de que Morales nada tenía que ver con profesor al uso que reducía su campo de intereses al ámbito de su especialidad, y de que con su mentalidad de auténtico humanista eran muy pocas las cosas que escapaban a su curiosidad universal, desde la historia a las cuestiones religiosas y teológicas, en él un tema muy recurrente ; y desde la vida sevillana a la ficción literaria.
Esa imagen se me reveló del todo certera cuando más tarde lo traté estrechamente en nuestra Academia Sevillana de Buenas Letras, de la que él fue también director a lo largo de varios mandatos. Allí me reafirmé en aquella intuición primera. Morales Padrón era un hombre abierto a múltiples campos del saber, capaz de estudiar el mundo de los descubrimientos americanos pero también los recónditos secretos de Sevilla, su ciudad adoptiva, cuyos entresijos históricos conocía como pocos y a la que dedicó páginas antológicas que esta ciudad no le ha reconocido en vida como mereció. Era, además, un apasionado de la buena literatura y su prosa tenía garbo de estilo, un modo fresco, natural, directo de escribir que hacía sus libros muy atractivos para el lector.
Hoy, cuando me llega la dolorosa noticia de su muerte, rindo homenaje de urgencia al amigo a quien muy pocas cosas de este mundo le fueron ajenas.
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