José Manuel Caballero Bonald

Ayala, vanguardista

l Artículo publicado en el especial Francisco Ayala, un escritor en su siglo, editado por el Grupo Joly en marzo de 2006.

SIEMPRE me han parecido particularmente llamativas las incursiones de Francisco Ayala en lo que se entiende por movimientos vanguardistas de entreguerras. Esa etapa primeriza del novelista se centra en unos pocos relatos breves, recogidos luego en Cazador en el alba y El boxeador y un ángel. Es a esos textos a los que voy a referirme ahora, no tanto por lo que tienen de incorporación a un mundo literario singular, muy vinculados al tiempo en que se producen, sino por lo que representan como estación de paso dentro del trayecto evolutivo de la copiosa obra de Ayala, activamente prolongada a través de más de tres cuartos de siglo. Pienso además que ese aprendizaje dejó algún rastro en ciertos textos narrativos ulteriores, aunque éstos estuvieran ya taxativamente enmarcados en la tradición realista. En cualquier caso, y no por transitoria, es menos significativa la adscripción vanguardista de Ayala.

El escritor ha contado con metódica lucidez en Recuerdos y olvidos -y en algún otro texto ocasional- su experiencia de narrador integrado en la dinámica creadora de los años 20. Ayala verifica en este sentido una provechosa introspección, si bien apenas alude a su propia obra. Dice textualmente: "Sentía que la vanguardia, a cuyos movimientos extranjeros y no sólo españoles me asomé con ávida curiosidad, era la actitud idónea para dar expresión literaria a la época en que estábamos viviendo". Sin duda que eso es lo que ocurre. Ayala se refiere muy de pasada a esas "ficciones breves" -"poéticas", como él suele llamarlas- que volvió a editar José Carlos Mainer en Seix Barral en 1971 y recogió Rosa Navarro en Alianza Tres en 1988. El autor hace en sus memorias algún comentario anecdótico sobre El gallo de la pasión y atiende más detenidamente a Erika ante el invierno. No hay ninguna referencia especial a otros textos vanguardistas de los últimos años 20.

A pesar de que el retrato que pinta Ayala de Ramón Gómez de la Serna resulta más bien desabrido, un poco áspero, no es difícil encontrar muy favorables opiniones sobre las greguerías, a las que considera "expresión originalísima de la realidad" y en las que ve mezcladas "joyas hermosas de la más acendrada poesía con verdaderas patochadas y chistes de calendario". De acuerdo. En todo caso, resulta muy visible en la obra vanguardista de Ayala cierta impregnación de los modales literarios del Ramón de los años 20, taxativamente reiterados en El doctor inverosímil, El rastro, La quinta de Palmira. No pocas fórmulas metafóricas de las greguerías se filtran por algún recodo de la prosa del autor de Cazador en el alba. Es posible que no se trate de ningún parentesco cercano, pero sí se aprecia aquí y allá un impulso expresivo que algo debe a las greguerías, como ocurrió -según es notorio- en el caso de la mayoría de los poetas de la generación del 27. A lo que habría que añadir el muy notable influjo de la técnica cinematográfica en la técnica narrativa de Ayala: un influjo más bien generacional que se perfila claramente en el tono de los relatos antes citados. (No se olvide que por estas fechas, en 1929, se publica Indagación del cinema.) La habitual destreza del autor, sus profusos alardes lingüísticos, se nutren -como dice el propio Ayala- de ese "divino escamoteo" de la imagen cinematográfica, compartiéndolo a veces con los gustos ultraístas, en el sentido de dar primacía al lenguaje alegórico sobre el tema narrativo y aun sobre los trazos sentimentales aferrados todavía al modernismo. Y al fondo de todo ello, como una alegoría más de los años 20, quizá pueda entreverse la familiar silueta de un gramófono emitiendo música de jazz.

Como era norma en la estética vanguardista, en los escritos de Ayala asociados a ese movimiento, la trama no es más que una excusa para articular un juego literario de metáforas y elocuciones poéticas. En los dos relatos incluidos en el Cazador en el alba y en los seis de El boxeador y un ángel, apenas puede hablarse de línea argumental. Hay sin duda un hilo temático sutil que hilvana la narración, pero nada más. El más extenso de esos ocho relatos -el titulado precisamente Cazador en el alba- es tal vez el que más netamente incorpora un argumento a la continuidad narrativa.

Los más breves -como es el caso de Susana saliendo del baño, publicado en Granada, en la revista Gallo, de García Lorca- se aproximan literalmente a los aparejos del poema en prosa, sin alejarse por supuesto del exuberante malabarismo estilístico de los moldes vanguardistas. Recuérdese en este sentido el arranque de la novelita corta antes nombrada, Cazador en el alba, donde ya se avisa del carácter expresivo del texto. Dice así: "Todos sabemos que es peligroso, en los días de nieve, acercarse demasiado al oso hambriento de la peletería. Todos hemos seguido alguna vez por la carretera el rastro de una serpiente, hasta encontrar un neumático de bicicleta muerto, estrangulado en el borde". El lector sabe ya de entrada a qué atenerse: es el propio autor quien le ha proporcionado una pista inequívoca sobre la naturaleza estética del texto.

La greguería, en tanto que suma de metáfora y humor, la pirueta del ingenio, los juegos de espejos verbales, las asociaciones insólitas, constituyen sin duda el primordial sostén de la prosa narrativa de Ayala vinculada al vanguardismo. El propio escritor evoca en su prólogo a La cabeza del cordero (1949) que esos "ejercicios de agilidad, de eutrapelia, de ocurrencia libre", eran entonces "los valores literarios de más alta cotización", sin dejar por ello de constatar la manifiesta subordinación a la moda y la nociva obligación de ser original o alardear de ingenio. Pero todo eso lo escribe Ayala cuando ya han pasado más de veinte años de sus breves e intensos ejercicios vanguardistas. Y tengo la impresión de que el cese de esa aventura estética no fue el resultado de un cansancio o una simple conveniencia de cambio de rumbo, sino una especie de reacción moral frente a las circunstancias históricas de aquellos finales años 20. No todo, sin embargo, obedece a un lógico viraje en este sentido.

Ayala guarda un raro silencio literario por espacio de quince años. Su último relato vanguardista, Erika ante el invierno, es de 1930 y data de la estancia del escritor en Alemania. El abandono de toda clase de "tanteos estetizantes" termina justamente cuando se produce el nacimiento del nazismo. En 1944, tras la experiencia atroz de la Guerra Civil y en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, se reintegra Ayala con El Hechizado a la interrumpida tradición realista, iniciada en 1925 con Tragicomedia de un hombre sin espíritu. Ha sido un largo paréntesis a partir de esa manifiesta desolación que parece oscurecer los brillos gramaticales de Erika ante el invierno. La ya citada desatención del argumento en beneficio de la construcción, de las apariciones y desapariciones sorprendentes de la realidad, cede ante la exigencia de contar una historia no limitada ya a los ornamentos formales vanguardistas. La melancolía, el tono vagamente escéptico de los últimos relatos que escribió Ayala al final de la década de los años 20, parecen vaticinar un cambio de objetivos, a pesar de que no se pusiera de manifiesto sino al cabo de ese largo periodo de silencio literario que va de 1930 a 1944. Un silencio que también puede tener algo de excipiente moral de la libertad, de la independencia electiva.

Resulta bastante significativo que Ayala, con el paso de los años, no abdicara del todo en este sentido de sus puntos de vista. En sus Reflexiones sobre la estructura narrativa (Taurus, 1970), escribe lo siguiente: "Sólo cuando el argumento está embebido por completo de su textura poética, es decir, cuando ha sido transferido al plano imaginativo, merecerá un escrito la consideración de obra de arte". ¿No suena ese aserto de Ayala a un recordatorio, a un reconocimiento de algunos de los recursos expresivos de su etapa vanguardista? Es cierto que más de una vez se refirió con cierta displicencia a esos juveniles devaneos retóricos, pero a la larga pudo constatarse que algo de todo ello había perseverado frente a la consecutiva voracidad de las modas. No se olvide además que, dentro de la obra general de todo escritor, un libro siempre es deudor de los anteriores.

Tags

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios