Opinión

José Chamizo De La Rubia

¿Y tú, de quién eres?

SE debían de haber muerto todos; lo único que traen son enfermedades y más mierda; dijo aquél energúmeno. -¡Eso!, dijo ella, con las pulseras al viento mientras tomaba la décima copa de Ribera. Pregunté quiénes eran y me informaron que sus padres habían hecho fortuna una vez que volvieron de trabajar en Alemania y abrieron negocios que cada vez fueron más productivos. Eran hijos de la inmigración española que ahora deseaban la muerte a seres humanos que se jugaban la vida para conquistar su dignidad. ¡Qué horror! Horror de gente, de sociedad, de leyes y, en definitiva, del triunfo de la sin razón. Cuanto trabajo está costando, a estas alturas, que comprendamos que la inmigración es un hecho que va unido a la esencia de la trayectoria humana. Es cierto que el economicismo, o el neoliberalismo, o como quieran llamarlo es un sistema económico que ha hecho de nosotros un conjunto de seres egoístas que sólo piensan en ellos. La inmigración se ha vivido exclusivamente en clave laboral y económica. Para comprender que es parte esencial de la historia humana no parece suficiente con recordar la emigración española de los años 60 y 70. No basta ni si quiera recordar que hoy día más de dos millones de españoles están emigrados en distintos países.

Hay personas que no comprenden porque no quieren. Sólo si el ejercicio de comprender fuera financiado con unos euros lo harían. Así estamos, haciendo de esta cuestión un relato, un discurso culpabilizador que genera angustia e insolidaridad. Abrimos, de esta manera, la puerta a una nueva ignominia: la competencia feroz entre los mismos pobres; ya sean países o colectivos sociales por los escasos recursos disponibles, como ha escrito Milagro Pérez Oliva.

Poca gente quiere saber que las muertes se suceden en el Estrecho -sólo hay que ver las manifestaciones tras la tragedia- y en otros lugares de las costas europeas. Las respuestas de las autoridades siempre van en la misma dirección: controles, concertinas, cuchillas, leyes imposibles de cumplir y persecución policial hasta la saciedad. Te paran, te identifican, a veces te humillan, por tus rasgos físicos. Por si no era suficiente, ahora el Servicio Andaluz de Empleo (SAE) también te pide el pasaporte para comprobar si has salido del país mientras estabas percibiendo el desempleo. Si lo has hecho sin la autorización de retorno te exigen la devolución de lo cobrado. Y tú sin saberlo. Así el número de hombres y mujeres en situación de necesidad, circulando por este país con una deuda a cuestas, se va incrementando.

Mientras tanto, si eres marroquí, estás viendo como los trabajadores españoles llegan a tu país con sus empresas. Estás escuchando que la comunidad andaluza es la segunda que más exporta al mercado marroquí. Te indignas, te resignas y sigues caminando con tu desgracia: la desgracia de ser extranjero y pobre.

La Fundación Sevilla Acoge de la que soy patrono lucha desde hace años para que el sentido común llegue al amplio ámbito de las migraciones. Hoy nos lanza este interrogante, si todos los seres humanos nacemos iguales ¿tú de quién eres?

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