En tránsito

eduardo / jordá

Buen trabajo

Aprimera hora de la mañana, en un día festivo, me cruzo con un obrero que está pintando una jamba en la pared de un edificio público. Hace frío y nadie le está viendo (porque el hombre no parece haberse dado cuenta de mi presencia), pero el pintor repasa una y otra vez un ángulo que no le parece lo suficientemente bien pintado. Me fijo un segundo en él y veo que es un hombre ya mayor, con un bigote canoso, al que no le deben de sobrar las fuerzas. Imagino que tiene un contrato -si es que lo tiene- por días o por horas o por minutos, y que le pagan un salario de risa, pero a esta hora de la mañana en que todo el mundo está en la cama o desayunando o pedaleando en bicicleta, él está repasando con el pincel el ángulo oculto de una pared de un edificio público. Nadie se lo exige y es posible que nadie repare en su trabajo, pero algo le impulsa a hacerlo lo mejor que puede. He aquí el pequeño milagro de la dignidad humana. O mejor dicho, nada de pequeño milagro, porque éste es el mayúsculo, el inconcebible, el portentoso milagro de la dignidad humana.

Si todavía hay gente así en el mundo, hay esperanzas de que algún día salgamos de ésta. Ya sabemos que los poderosos se blindan día a día con toda clase de trapisondas legales, igual que los políticos siguen empeñados en jugar a las casitas con todos nosotros o que hay gente capaz de hacer lo que sea con tal de ganar un euro más, pero aquí tenemos a un ser humano que sigue haciendo su trabajo todo lo mejor que puede -por muy mal pagado que esté y por mal considerado que esté-, y sólo porque un misterioso impulso interior le obliga a dejar a su paso una obra bien hecha. Y por eso, sólo por eso, sus pinceladas en la pared no son menos concienzudas que las que aplicaban Corot o Juan Gris o Francis Bacon cuando pintaban un cuadro.

Ese amor por la obra bien hecha, esa obsesión por el trabajo concienzudo, casi ha desaparecido en este mundo de políticos desvergonzados y financieros enloquecidos y sindicalistas tramposos. Pero eso que conocemos como civilización no sería posible sin esas personas que hacen su trabajo todo lo mejor que pueden, y sólo porque alguien les enseñó a hacerlo así o porque su conciencia les impide hacerlo de otro modo. Esta clase de actitud nunca aparece contabilizada en los índices macroeconómicos ni en los informes de los expertos que sólo saben hablar de cifras y porcentajes y algoritmos. Da igual. Mientras siga existiendo algo así entre nosotros, tendremos una mínima posibilidad de seguir viviendo en un mundo decente.

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