Es una pena que ya no haya folletines en los periódicos, ni biografías noveladas. También es una pena que, de partida, las letras que se publican en un periódico se tengan como cosa de segundo orden para quienes las leen e incluso para quienes las escriben. Julio Camba, Carmen de Burgos, Larra… anda que no hay ejemplos de primor literario en los periódicos. El colmo de la pena es que tratar temas sevillanos, en la literatura o en un periódico, no sea cool. Ambientar una novela o una canción en Barcelona mola tela; escribir sobre Sevilla es para algunos, de partida, una españolada, puro costumbrismo, cosa de provincias. Más aún si escribes sobre Sevilla en un periódico local y en plan folletín, como pretendo. En este su diario publiqué hace unos años un folletín con todos sus perejiles, historia de amor y miedo por entregas, con brillantes ilustraciones de Daniel Rosell. Pero hoy inauguro un género chico, la columna-folletín, pues engancha con la que publiqué el viernes pasado, que acababa en un "ya veremos".

En el capítulo anterior (es decir, en mi columna de la semana pasada, titulada Sevillanos por Sevilla) me preguntaba que para quiénes se abren los museos, si ante todo para los turistas o acaso quienes hacemos vida aquí no debiéramos ser los primeros destinatarios del disfrute de los bienes culturales e históricos. Tenemos descuentos en algunas entradas, pero fomentar la visita de los sevillanos a enclaves culturales va más allá. El quid está en el desplazamiento que se ha producido desde lo cultural hacia lo turístico. Cuando el interés cultural troca en interés turístico, y éste se antepone a aquél, se corren grandes riesgos de adulterar sentidos, objetivos y destinatarios. Antier, el alcalde Juan Espadas anunciaba en Radio Sevilla que el Alcázar abrirá a finales de junio porque -y aquí es donde me duele- para esa fecha está previsto que vuelvan los turistas. Para ello y para entonces estarán listos espacios culturales principales. Está bien que los turistas disfruten de la oferta museística, pero esta respuesta, así a pelo, es más propia del liberalismo clásico que del socialismo, también clásico. Sé que la cultura de la ciudad y para los ciudadanos son otras cosas, que su tejido es delicado (tanto que está a punto de romperse por esta crisis), diverso, valiente y excepcional, y que muchos ámbitos de la gestión pública cultural de Sevilla están dirigidos con finura, sin estridencias, a la altura de los tiempos y centrados en el derecho al acceso a la cultura en igualdad. Entonces, lo que pasa es que ha caído el Alcázar, hace ya, como tantos lugares del país desde principios del Desarrollismo. Es el momento de repensar con rigor todos los enclaves culturales y hacerlos de la ciudad. Sólo así se podrán abrir al mundo con real provecho y sin falsificarlos.

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