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Carmen Silva

Color de olivo los ojillos

Sufre lo mismo que todos los agricultores, pero vive el campo como se vive la vida de un hijo

09 de febrero 2024 - 01:00

“El hombre que no trata más que a los olivos y que es ya casi un olivo. Cuando los va talando les habla, les explica por qué hay que cortar esa rama, por qué hay que remeter aquella, por qué hay que perdonar esa otra. Brazos, piel, ojos, son de olivo: color de olivo los ojillos”.

Vengo de trabajar en una finca maravillosa. Una dehesa protegida en Huévar del Aljarafe que por tener tiene hasta restos de materiales medievales. Al llegar al puente del Cachorro me encuentro con los tractores que, como en una procesión de Semana Santa, forman tramos de penitentes agricultores que con sus cruces piden ayuda a quien los ha vendido y machacado. Y de repente se cruzan en mi cabeza esas palabras: “El hombre que no trata más que a los olivos...”, que pertenecen a un libro fundamental para mí, Las cosas del campo, de José Antonio Muñoz Rojas. Con una prosa poética perfecta y suave que describe mágicamente lo que es el campo visto con los ojos de quien lo ama.

La lista de agravios y problemas es grande y yo no voy a analizarla porque para eso están los cientos de tertulianos y opinadores que forman el comité de expertos de medios de comunicación y redes sociales. La hartura es inmensa.

Pudiera parecer que esta forma de vivir el campo que expone Muñoz Rojas es pasado o incluso una entelequia. No es así. Existe. Yo lo he visto.

Durante el 23 y lo que va del 24 he tenido la suerte de ir frecuentemente a trabajar a Arahal. Allí he conocido a dos agricultores olivareros que son ese libro. Dos señores que trabajan meticulosamente inasequibles al desaliento. Eruditos del campo. Catedráticos de la aceituna.

Uno de ellos es más templado y preciso que un cirujano. Con una elegancia humana que no pierde ni cuando te cuenta la grave problemática de la falta de trabajadores para recoger la aceituna. Si no se cosecha a tiempo hay una pérdida en la producción y en la calidad. Relata, como si estuviera contando un cuento, que se ha visto abocado a un proceso de mecanización forzada porque no hay temporeros. No hay personal para recoger la aceituna, pero sí para robarla. Escuadrones de ladrones de aceitunas. Aceitunas que valen oro. “Va a haber una tragedia porque el día que los coja me voy a buscar la ruina”.

El otro, más joven que el primero, habla de sus olivos y le brillan los ojos. Enorgullecido te cuenta cómo los trata para mantener el equilibrio entre la productividad y la salud. Con la dedicación que se le da a un niño para que crezca fuerte y sano. Te enseña las fotos que guarda en el móvil de las aceitunas gordales que tienen sus árboles como el abuelo que enseña la de los nietos el día de su primera comunión. No tiene prisa si está hablando de sus olivos. Sufre lo mismo que todos los agricultores, pero vive el campo como se vive la vida de un hijo, como si fuera la suya propia. Un agricultor que tiene color de olivo los ojillos.

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