Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

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ENTRE todos los niños que mi hija ha invitado hoy para ver la final en casa no suman la edad que uno lleva encima de estos huesos, con todos los desencantos futboleros televisivos iniciados por el yugoslavo Katalinski (sí, miren por internet). La nueva generación lleva en los bulbos del cogote la naturalidad de ver a los deportistas españoles triunfar, con una lógica pasional y una exigencia que raya en la arrogancia. Tres televisores atrás, cuando el VHS se pegaba con el Betamax, las medallas olímpicas eran contadas y La Roja era conocida por La Furia: corazón y testiculina a falta de técnica y espíritu campeón.

También un par de generaciones atrás el televisor era un altar y con él se comulgaba, sin más cadenas a las que llevarse a la boca, lo que decidía el director de la TVE de turno. Con sus caprichos e inclinaciones (sí, como el de ahora). La pantalla reunía y no había mucho más con lo que desperdigarse en el sofá. Las pantallas planas de ahora, de todos los tamaños posibles, absorben y aíslan. El consumo de televisión se va decantando hacia la individualidad, la personalización, y cuando un formato es capaz de congregar a las familias, a distintas edades, las cadenas los jalean y los agotan.

Sólo el fútbol, con sus pasiones, y triunfos deportivos atisbados de antemano, son capaces todavía de congregar en el instante a millones de españoles. La final de este atardecer (Dios mío, la tercera final consecutiva de esa selección que parecía maldita) es una de esas navidades televisadas que han de ser vistas en compañía, que han de ser compartidas con seres queridos o con queridos desconocidos. Estamos hablando de algo que va más allá de ver la televisión. Hablamos de comunión, de intercambiar sentimientos y masticar las emociones comunes. Una noche de pantalla gigante, aunque los audímetros pasen de ellas.

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