La tribuna

víctor J. Vázquez

¿Conservadores o miedosos?

PUEDE que no se acuerden de él, era danés y se llamaba Gravesen, fue un medio centro del Real Madrid, pero hubo muchos como él en el fútbol español. Eran los tiempos donde se elogiaba el trabajo sucio en el centro del campo, aquel que carece de virtuosismo pero sienta, en teoría, las bases de la eficacia. La gente admiraba a este calvo danés y a tantos otros, sobre todo por su cara de esfuerzo. Eso era lo importante, que se notara bien el sacrifico en el rostro. Nada importaban, en un principio, las reiteradas faltas cometidas ni la incapacidad manifiesta para construir el juego, lo importante era esa viril presencia, ajena a cualquier acento pusilánime. Eran los años de oro del jugador conservador.

Ahora bien, pronto, a pesar de las caras de esfuerzo, la gente empezó a percibir un problema en estos nobles jugadores, un problema, digamos, cronológico: llegaban tarde. Llegaban tarde al corte y el portero quedaba vendido; daban tarde el pase -normalmente en horizontal- y éste era inútil; llegaban tarde al balón y eran expulsados. Algunos lograron títulos, pero la sensación que abandonaron a su paso es que no habían dejado nada. Su legado en la historia era en el fondo tan invisible como su virtuosismo en el campo, y, con el tiempo, se ha podido demostrar que aquel jugador de pases horizontales y tarjetero, más que un jugador conservador, era en realidad un jugador miedoso.

Traigo a colación esta crónica del fracaso del jugador conservador porque creo que puede servir para poner en evidencia algunas de las patologías históricas del pensamiento conservador español, como lo son: un cierto culto a las virtudes públicas del sacrificio, el afán por el control, y, sobre todo, una incapacidad para ofrecer a tiempo una respuesta a los desafíos de la historia. Y es que, si bien nadie le puede negar al conservadurismo que ha abrazado a lo largo de la historia conceptos como la Monarquía parlamentaria, el derecho de sufragio o el secularismo... lo cierto es que, en nuestro país, lo ha hecho siempre a destiempo, cuando la ausencia de gran parte de las virtudes integradoras de estas instituciones ya había sido padecida por la sociedad.

No obstante, creo que nos equivocaríamos al señalar este inmovilismo como una realidad incuestionable en el ser y en el propio hacer conservador. En realidad, al igual que un progresista puede ser consciente de que avanzar por avanzar carece de sentido, un conservador puede percibir los peligros de permanecer inmóvil ante el curso de la historia, y adecuar sus formas a la modernidad. Es más, como bien nos explica Lampedusa, el propio instinto de conservación de las instituciones ha sido en algunas ocasiones el mayor motor de esos cambios. En este sentido, me parece que el patológico desfase del conservadurismo español no tiene tanto que ver con su leal guarnición del pasado como con su propio miedo.

Escribía el parlamentario inglés Edmund Burke que no hay pasión que robe tan determinadamente a la mente su poder de actuar y razonar como el miedo. Creo que es ese pavor y no otra cosa lo único que puede explicar la incapacidad del partido conservador español, hoy en el Gobierno, para repensar democráticamente el sistema político y, en concreto, para afrontar las dos grandes cuestiones pendientes de nuestra democracia como son la reforma de la Constitución y la definición federal de nuestro modelo territorial. Más allá del tancredismo presidencial, la estoica expresión intelectual de FAES y la parodia castiza del término federalismo y de la propia idea de reforma constitucional que se hace desde el Partido Popular, da la impresión de que, realmente, el conservadurismo asiste a la descomposición del sistema constitucional del setenta y ocho paralizado por el temor a la pérdida de los propios intereses y sin ninguna capacidad de ofrecer un proyecto de regeneración e integración que, a su vez, sirva para renovar el prestigio de la obra de la Transición.

Es ese mismo miedo y no otra cosa el que se encuentra detrás de la última tentativa de reforma del sistema de elección de los alcaldes, con la que se pretende variar la forma de legitimación del poder vigente en todos los niveles de gobierno sin plantear la reforma de la Constitución. El problema de aquellos esforzados medios centros que fueron moda no era sólo el miedo a jugar, sino también dónde jugaban. Eran la pieza central del sistema. El miedo de nuestro partido conservador despliega también un efecto agravado en el sistema ya que todo indica que, por el momento, y al amparo de nuestro sistema electoral, el Partido Popular sobrevive a la crisis del bipartidismo como verdadero partido Alfa de las clases medias, en definitiva, como único partido de Gobierno.

En este sentido, su temerosa parálisis ante los desafíos que ha de afrontar el sistema político español implica también la parálisis del propio sistema y con ello su inutilidad. Como el bueno de Gravesen, el partido conservador puede jugar a controlar la situación, ser severo y poner cara de esfuerzo, seguramente algún día asuma cuestiones como la reforma constitucional y el federalismo, pero todo indica que cuando lo haga será tarde.

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