Rogelio Velasco

Crisis de los emergentes y crisis española

DESDE finales de enero, estamos viviendo una crisis internacional provocada ahora por los países emergentes. Es una novedad y una preocupación. Una novedad porque durante más de diez años esos países han disfrutado de un crecimiento sostenido, que ha paliado, en buena medida, la crisis de los países desarrollados. Y ahí es donde reside la preocupación, porque si los países desarrollados seguimos creciendo escasamente y los emergentes dejan de crecer, ¿cómo vamos a salir de la crisis?

El crecimiento de China ha elevado considerablemente los precios de las materias primas básicas, beneficiando desde Rusia hasta Argentina, que ha conducido incluso a cambiar el discurso y las perspectivas en esos países, del Consenso de Washington al Consenso de Buenos Aires.

Lo que vaya a ocurrir con China no lo sabemos todavía. Las nuevas autoridades económicas parecen estar intentado frenar el insostenible crecimiento del crédito. La intensidad con la que lo consigan va a señalar la senda de crecimiento y de inflación en el gigante asiático durante los próximos trimestres, y sus efectos sobre los mercados internacionales impactará también tanto a los países desarrollados, incluyendo a España, como a los emergentes. Un frenazo en el crecimiento chino tendría un gran impacto sobre la economía argentina, tan dependiente de las exportaciones de materias primas.

Pero estos efectos no son sino manifestaciones transitorias de otras causas más profundas. Con carácter casi general, los países emergentes han disfrutado de un crecimiento continuado por factores que no tienen ningún mérito: el mayor precio de las materias primas. Sin embargo, casi todos han soslayado acometer reformas de carácter institucional y legal que favorecieran el fortalecimiento de sus economías y las hicieran menos dependientes de las materias primas.

En Brasil, el Gobierno de Rousseff ha limitado notablemente la independencia del Banco Central e interferido, de forma negativa, en las políticas monetaria y crediticia. La elevación de precios y el aumento de tasas públicas han lanzado a la gente a la calle.

En Turquía, el elevadísimo déficit por cuenta corriente y el ataque a instituciones democráticas por parte de Erdogan han colocado a la economía turca y a su moneda al borde de una estampida de los inversores extranjeros. En la desgraciada Rusia, la ausencia de instituciones democráticas, el continuo ataque de Putin a la sociedad civil y a los ciudadanos y la hegemonía de la antigua nomenclatura comunista impiden por completo que surjan empresarios que orienten de forma productiva al país. Sobrevive gracias a las exportaciones de materias primas, especialmente energéticas.

En India, el Banco Central -con un gobernador que posiblemente sea el mejor del mundo- sigue disfrutando de independencia. Pero políticas populistas durante demasiado tiempo han elevado notablemente la inflación y socavado el crecimiento.

Sólo algunos países, entre los que se encuentran Chile, Perú y Colombia, han realizado reformas institucionales, reforzado el cumplimiento de la ley, suministrado estabilidad a los inversores y a las empresas, y están disfrutando de un crecimiento elevado y sostenible. Estas reformas, no obstante, suelen tardar décadas en rendir completamente sus frutos.

La globalización de la economía ha engendrado, hoy más que nunca en la historia, unos mecanismos de transmisión de las políticas económicas, que difunden sus efectos -sobre todos los negativos- a una gran velocidad. Un periodo de expansión es seguido por un lento aumento de las exportaciones; pero una parada brusca depara una inmediata reducción de las mismas.

La economía española se ha beneficiado notablemente de la época de bonanza de todas esas economías. Y no sólo por el propio crecimiento en sí mismo; también porque los productos españoles exportables se adaptan particularmente bien a las economías de esos países.

El comportamiento tan positivo del sector exportador tiene la mayor importancia. En primer lugar porque, con un mercado doméstico deprimido, los mercados exteriores son los únicos que permiten a las empresas mantener o aumentar sus ventas. Es cierto que las empresas exportadoras generan menos empleo que las no exportadoras, al utilizar con mayor intensidad bienes de capital, y también que contribuyen en menor medida a la recaudación de impuestos -el IVA se paga en destino-, pero mantienen la actividad y, lo que resulta crucial en estos momentos, generan ahorro que permite pagar la deuda externa y financiar el crecimiento del resto sectores.

Los datos de 2013 indican que las exportaciones alcanzaron un récord de 234.000 millones de euros. Se han incrementado más de un 30% desde la irrupción de la gran recesión del año 2009, muy superior a la de las economías europeas. Además, se ha ido diversificando. El pasado año poco más del 50% de las exportaciones se dirigieron a la zona euro. Y han sido las economías emergentes las palancas del crecimiento. Desde 2009, las exportaciones a Brasil han crecido un 200%, a China un 90% y un 64% a Turquía. Estas cifras transmiten la importancia de los emergentes en cuanto a aportación al crecimiento de nuestra economía.

Andalucía ha mostrado un mejor comportamiento relativo. Frente al crecimiento del 30% de las españolas, las exportaciones desde Andalucía crecieron un 79%, destacando Sevilla, Málaga y Almería como las provincias con tasas más elevadas.

Es cierto que a finales del pasado año han mostrado síntomas de agotamiento, pero también que tantos años exportando a ritmos tan elevados, han ido creando una cultura exportadora en las empresas españolas y andaluzas que va a perdurar en el tiempo. Hay que advertir, no obstante, que buena parte de ese crecimiento se concentra en las actividades del sector químico y petrolero de Huelva y del Campo de Gibraltar, con efectos limitados sobre el resto del territorio. Otro matiz adicional se refiere al numero de empresas que exportan regularmente. Estas se han mantenido prácticamente estables en Andalucía durante la ultima década. Aumentar su numero contribuiría a mejorar el impacto sobre el territorio y a incrementar el valor añadido generado dentro de Andalucía.

De la crisis no saldremos con fuerza y no crearemos empleo si el consumo interno y la inversión de las empresas no se aceleran. Pero la actividad exportadora -que ya supera a la de todas las principales economías de la UE con relación al PIB, excepto a Alemania- hará más moderna, diversificada y competitiva a nuestra economía y permitirá ir absorbiendo a la mano de obra cualificada que hoy se encuentra desempleada.

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