LA TRIBUNA ECONÓMICA

Joaquín Aurioles

Crisis de liderazgo

28 de junio 2012 - 01:00

EUROPA necesita liderazgo para salir de la crisis y lo necesita porque carece de una estrategia lo suficientemente genérica y convincente como para conseguir la adhesión de una mayoría de la población de la Unión. Lo que tenemos, por el contrario, son actitudes que cambian de un barrio a otro y que alimentan una peligrosa interpretación selectiva de la crisis. Los partidos se culpan unos a otros, los sindicatos descargan sobre los bancos, el Gobierno central sobre las autonomías y los indignados sobre los políticos, todos buscando aparecer como víctimas y que sean otros los que finalmente carguen con el coste de los ajustes. También ocurre entre los países.

La crisis del euro se debe, según Alemania, a la imprudente gestión financiera de algunos países, entre ellos España, y exige compensaciones en forma de aceptación de su liderazgo para conceder las ayudas que solicitan, pero también España puede reprochar al gobierno alemán que el contagio de la crisis griega pudo deberse a la tibieza de su posición inicial. Una de las lecciones aprendidas durante la crisis del euro es que si las reglas de convivencia deben respetarse en cualquier caso, todavía más cuando se comparte una moneda porque los mecanismos de contagio operan mucho más fácilmente.

También hemos aprendido que la doctrina del déficit cero, como receta única, del tándem Merkel-Sarkozy, no sólo ha sido incapaz de resolver los problemas, sino que sus efectos colaterales están provocando un deterioro todavía mayor de la situación a corto plazo y algunas mutilaciones irreparables. Lo que distingue al verdadero líder del visionario es la intuición para anticiparse a los acontecimientos y la clarividencia en el diagnóstico, que constituyen la base para la adopción de medidas que resulten eficaces. La presión internacional y la aparición en escena de Hollande pueden interpretarse como una llamada de atención sobre el tipo de liderazgo que necesita Europa y que cortafuegos como el de un euro a dos velocidades, puede ser una alternativa, aunque con razonables dudas sobre su viabilidad y costes.

En teoría se trata de dividir el conjunto en dos grupos. En el primero, los países con equilibrios macroeconómicos perfectamente saneados liderando el deambular del euro por los mercados de divisas e inspirando la política monetaria del BCE. En el segundo el resto, de baja temporal y asistida hasta que consigan reparar completamente sus desperfectos, es decir, el déficit y el exceso de endeudamiento, el desempleo, los problemas de competitividad y productividad, etc. El euro seguiría siendo la moneda de curso oficial para todos, pero las grandes decisiones se adoptarían en el primer grupo. Países como Italia o España se verían obligados a aceptar el liderazgo del norte, es decir, unas directrices de políticas económica concebidas para impedir la aparición de focos de inestabilidad que pudieran amenazar al conjunto.

Para muchos ciudadanos el liderazgo que necesita Europa es de alguien capaz de poner todo patas arriba y de fijar nuevas reglas de convivencia para que todo vuelva a funcionar por encima de los nacionalismos y las nostalgias proteccionistas.

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