Cruz alzada

Juan / Moya / Gómez

Cuaresma

VAN pasando fugaces los días, irremediablemente efímeros bajo estos cielos mudables que me empujan a dejar atrás el recuerdo del frío invierno para abrazar la nueva primavera. Como cuentas atropelladas en un rosario, las fechas se deslizan con presteza por un calendario que anhela con inquietud llegar al final de esta cuaresma sin reparar en la importancia y en la belleza del camino que tengo por delante.

Y es que, pasada ya una semana, aún sigo adormecido; aún me encuentro perdido, atropellado por los tiempos y dándole vueltas a si sabré escapar de ese letargo que me he impuesto con mis preocupaciones y desvelos rutinarios. Esclavo de compromisos banales, aún ando revisando la agenda preguntándome si este año sabré hacerle un hueco a la reflexión, a ese Dios que me llama a superar la indolencia y a reparar en las cosas que verdaderamente importan, aquellas que dotan de sentido nuestra existencia.

Aún ando divagando y con el temor de que pase esta cuaresma por mi lado dejándome indiferente, sin apenas haberme dado cuenta.

Mientras pienso en ello, busco por la oscuridad de la calle Gravina los entornados ojos del Cristo de la Expiración que se pierde de vuelta a casa. En ese momento, llega a mi correo el evangelio que todas las tardes me envía uno de mis hermanos -curiosa paradoja, el menos cofrade y el más cristiano de mis hermanos-. La figura de Dios se pierde en la inmensidad de la noche y aún me pregunto si hoy querré tener tiempo para leerlo; si decidiré prestarle un minuto de atención, o por el contrario una vez más lo eliminaré del buzón con apática indiferencia para que no me ocupe espacio; si hoy tendré tiempo de reflexionar, si buscaré realmente a Cristo o preferiré perderme en la estética de ese cortejo que en la oscuridad se aleja con la fugacidad que se pierden los días en el calendario de nuestra vida.

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