Crónica personal

Pilar Cernuda

Decepcionante festividad

HAN llovido los elogios a la Constitución y al espíritu de la Constitución, pero la celebración de este año la ha cargado el diablo.

Los españoles han vivido un estado de alarma por primera vez en democracia, con el presidente desaparecido en combate y con Rubalcaba y Blanco intentando sacarle una vez más las castañas del fuego supliendo su silencio ominoso.

Por si no fuera suficiente, los españoles se desayunan con unas declaraciones del presidente de las Cortes en las que dice sarcástico que el líder de la oposición es "un tesoro" para el PSOE. Luego Bono pide perdón a Rajoy en privado, pero no en público, siguiendo la estela de otros dirigentes socialistas que utilizan la estrategia de atacar al adversario antes de que alguien les ponga la cara roja de vergüenza por sus fallos, por su mal hacer.

Y después, durante la celebración de la Constitución, desde el primero hasta el último de los miembros del Gobierno se comportan como si todo fuera una balsa de aceite, sin dar excesivas explicaciones por lo vivido-sufrido en los últimos días.

Que sí, que la culpa es de los controladores, pero se podía haber actuado con más cabeza para tratar de evitar el plante; y desde luego Zapatero podía haber organizado alguna comparecencia pública y dar la cara durante las cuarenta y ocho horas de conflicto que a infinidad de españoles le perturbaron la vida.

Y luego está la imagen de España, que no es asunto menor, con un estado de alarma de cara al exterior que no augura nada bueno para el sector turístico .

Vaya día de la Constitución. No ha habido un solo motivo para sentirse satisfechos por celebrar el aniversario de una Carta Magna que se elaboró de forma ejemplar.

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