¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

El Delibes sevillano

Pertenece Miguel Delibes de Castro a ese consulado vallisoletano en Sevilla que tan buenos frutos ha dado

Fue Miguel Delibes el escritor por antonomasia de Castilla la Vieja, el hombre que retrató con prosa de talabartero las choperas, ríos, cerros y aldeas que se despliegan al norte de esa conga de sierras (Ayllón, Somosierra, Guadarrama, Malagón, Gredos…) que para simplificar llamamos Sistema Central. Fue también notario de unos paisanos cuyos rostros aún guardaban algo del primer barro de la Creación, y que Gerald Brenan, tan peculiar en algunos juicios, identificó con los pastores de Anatolia. Sin duda, el mundo de don Miguel -ahora muy presente en los periódicos al cumplirse el centenario de su nacimiento- poco tenía que ver con esta Castilla la Novísima ni con su zalamera capital del Guadalquivir, pero por esa ley que hace de todo árbol genealógico una especie viajera, su simiente arraigó con fuerza en Sevilla, concretamente en el lugar que los mapas antiguos llaman la Dehesa de Tabladilla, situada en esa zona de nadie que está entre el barrio del Porvenir y el Hospital Virgen del Rocío. El ya sevillano Miguel Delibes de Castro, primero de los siete hijos que tuvo el escritor, heredó de su padre el amor por la naturaleza, aunque cambió la escopeta de dos caños por los prismáticos para convertirse, con el tiempo, en director de la Estación Biológica de Doñana, un título que aunque no tiene grandeza de España bien lo merecería. Pertenece Delibes Niño a ese consulado vallisoletano en nuestra ciudad que no cesa de dar frutos, desde el veterano Enrique Valdivieso, profesor fundamental en la renovación de la Historia del Arte bajoandaluza, hasta el constitucionalista Víctor J. Vázquez, cachorro ya crecidito de las plurales camadas de Pérez Royo. No hay duda de que son fértiles estos celtíberos mesetarios bajados al valle turdetano.

Miguel Delibes de Castro, antiguo colaborador del legendario Rodríguez de la Fuente, es considerado como uno de los mayores expertos mundiales en el lince ibérico, aunque él mismo cuenta con su insobornable acento castellano que, cuando llegó de joven investigador a Doñana, a principios de la década de los 70, tardó meses en poder ver a uno de estos felinos. Tanto fue el retraso, que se convirtió en la burla de aquellos guardas que aún vestían de pana y se cubrían con un cordobés. Eran los tiempos en que el Coto, pese a su cercanía a la capital, todavía era un territorio ignoto y propicio para la aventura y el paludismo. Como recuerdo de aquel mundo de pateros y furtivos nos quedan las fotos de Camoyán y Atín Aya, o los relatos de Javier Castroviejo y Aquilino Duque.

Hoy, el mayor de los Delibes preside el Consejo de Participación de Doñana, escribe sobre ecología y no es difícil verlo deambular, a peón o en bicicleta, por el Porvenir, observando la mucha naturaleza que se esconde en nuestra ciudad. Los Delibes son así, paseantes y atisbadores, aquí o en Valladolid.

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