la tribuna económica

Joaquín / Aurioles

Desorientación sindical

SI 5,6 millones de parados no consiguen poner patas arriba al país durante el Primero de Mayo menos festivo y más reivindicativo de los últimos años, algo grave debe estar ocurriendo con los sindicatos convocantes. Ni los trabajadores, ni los parados y, dicen, que ni siquiera todos los delegados sindicales han respondido a la llamada, quizás cansados del apretado programa de movilizaciones que en el plazo de un mes ha cubierto una huelga general, diversas jornadas reivindicativas y una festividad del trabajo aderezada con los peores datos de empleo y paro de la historia. Y junto a los sindicatos, toda una izquierda también desorientada ante un país que, tras el paréntesis de las elecciones andaluzas, parece recuperar la memoria al ver en la cabeza de la manifestación a algunos de los que se echaron en falta en las manifestaciones del año pasado, precisamente los que tenían la responsabilidad de gobernar cuando se superó el listón de los cinco millones de parados.

Una falacia es un argumento inválido, pero que manejado con habilidad y sutileza puede resultar convincente, al menos durante un tiempo. Para el ciudadano desconcertado ante los mensajes contradictorios sobre si la reforma laboral creará o destruirá empleo, la única forma de despejar la incógnita, es esperar el tiempo suficiente, seguramente más de un año y siempre que se consiga salir de la recesión, hasta que los efectos de una medida de carácter estructural se puedan comenzar a notar. Otra cosa distinta es la reclamación de una orientación diferente de la política económica o la resistencia ante los recortes en el estado del bienestar, lo que inevitablemente lleva a advertir el mismo tipo de falacia argumental en la abusiva utilización por parte del Gobierno de la herencia recibida y del déficit no esperado, seguramente con la finalidad de introducir cuñas de profundo calado ideológico relacionadas con su particular modelos autonómico y de bienestar.

También podría ser un argumento falaz que la reforma laboral vaya a suponer una pérdida de derechos laborales históricos. En las redes sociales y en algunos movimientos que escapan al control de la instituciones es fácil encontrar los argumentos contrarios, como la denuncia de que los sindicatos han evolucionado hasta conseguir quedar plenamente en las estructuras del poder político y financiero y que algunas de sus principales reivindicaciones, como la recuperación del diálogo social, no son más que un pulso al Gobierno para conservar los privilegios que han venido acumulando desde la promulgación del Estatuto de los Trabajadores, hace tres décadas, justo cuando el mercado de trabajo español empezó a generar las cifras de paro más elevadas de Europa y las más reducidas de creación de empleo. Los sindicatos mayoritarios fueron los grandes beneficiados de aquella reforma y de su posterior desarrollo, por lo que es razonable que ahora sean el principal foco de resistencia al cambio, aunque los 5,6 millones de parados constituyan un argumento nada falaz de que el marco de relaciones laborales en España sigue siendo, al menos hasta la reforma, el que peor funciona en el continente.

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