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Después

La tarea de reconstrucción va a requerir algo más que una inversión muchas veces millonaria

Vaticinan los sociólogos que el mundo posterior a esta crisis va a ser diferente del que hemos conocido antes de la propagación del maldito virus y del hundimiento derivado del parón de la economía, pero está por ver si las consecuencias, catastróficas en lo inmediato, tendrán a medio plazo efectos no tan dañinos e incluso acaso correctores, como apuntan o desearían quienes invitan a aprovechar el inevitable colapso para revisar a fondo algunas de las facetas más insostenibles de nuestro actual modo de vida. No somos demasiado optimistas respecto a la capacidad del ser humano para aprender de las lecciones asociadas a los desastres, pero dado que la velocidad y el alcance de la pandemia carecen de precedentes nada impide pensar que sería posible revisar el modelo de desarrollo para garantizar la supervivencia de la especie sobre nuevas bases que excluyan la degradación de la salud pública, el maltrato sistemático del planeta o el consumo desaforado de los recursos disponibles, en aras de un bien común que no puede limitarse -la propia globalización lo impone, aunque haya quien siga sin entenderlo- a las regiones privilegiadas. No será sencillo, desde luego. En la hora presente, sin salirnos del desmedrado ámbito europeo, tenemos a mano elocuentes contraejemplos de lo que no debe hacerse y una vez más, fieles a su tradición insolidaria, han caído muy bajo los Países Bajos, cuyos dirigentes compiten en egoísmo y mezquindad -es curioso ver lo bien que combinan el nacionalismo xenófobo y la fiscalidad ventajista- con los que entre nosotros aspiran a ser la Holanda del Mediterráneo. Se están luciendo, los virtuosos nórdicos, pero no son los únicos incapaces de desprenderse de sus prejuicios ni siquiera en situaciones extremas. Si las condiciones excepcionales retratan los caracteres, es evidente que tenemos la peor generación de líderes en mucho tiempo, bastantes de ellos surgidos al calor de la ola populista en cualquiera de sus variantes, patrioteros, ultraliberales, partidarios de la mano de hierro o nostálgicos del colectivismo liberticida. Y no es aventurado pronosticar que la recesión, la inestabilidad, el reclamo de seguridad, favorecerán en mayor medida la tentación del despotismo. Se hace difícil mantener la cabeza fría, cuando las víctimas se cuentan por miles y otros tantos luchan por sobrevivir en los hospitales desbordados, pero llegado el momento habrá que buscar amplios acuerdos que trasciendan las miserables disputas entre los partidos, no sólo a escala europea y también -con mayor urgencia- de puertas adentro. La tarea de reconstrucción va a requerir algo más que una inversión muchas veces millonaria.

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