La tribuna

Manuel González Fustegueras

Día del urbanismo, ¿pero qué urbanismo?

EL pasado domingo se celebró el Día mundial del urbanismo. Fecha elegida por la Asamblea General de la ONU en 1949 para recordarnos el protagonismo de las ciudades, e intentar que nos empeñemos todos en conseguir espacios urbanos más humanos y habitables. ¿Pero, con los tiempos que vienen va a ser posible el urbanismo? ¿De qué tipo?

El urbanismo ha transitado desde el pensamiento utópico y la reforma social, pasando por el positivismo físico desarrollista, hasta la etapa actual, caracterizada por la concentración de ciertas actividades en determinados sitios y, al mismo tiempo, por el desparrame de otras en forma dispersa por el territorio. Todo ello facilitado por la proliferación de infraestructuras y de nuevas formas de comunicación. Una realidad física y social muy compleja cuyo entendimiento se nos vuelve cada vez más difícil, y cuya evolución se nos hace imprevisible, y que anima las posiciones de una especie de "alianza desplanificadora" entre los que presentan al mercado como el mecanismo adecuado para regular las decisiones territoriales, y el formalismo arquitectónico, que aboga por la sustitución del plan por la suma de proyectos, a ser posible icónicos o emblemáticos. Y así, la ciudad se transforma, de un lado, en una extensión anónima de promociones inmobiliarias de ínfima calidad urbana; y de otro, en un parque de atracciones de emociones impuestas, que, además, adquieren tal importancia en el debate ciudadano que restan espacio polémico a las grandes decisiones estructurales, que a menudo pasan inadvertidas.

Ante esta situación, el objetivo principal que tenemos por delante los que creemos en la utilidad social de la planificación urbana es establecer la hipótesis de modelos en los que hacer intervenir nuevos paradigmas. Y creo que, aunque de manera embrionaria y difusa, hoy están emergiendo principios e ideas sobre la ciudad que, me parece, vale la pena reconocer y formular como parte del guión del trabajo futuro.

Fortalecer lo propio de cada lugar, que nada tiene que ver ni con una defensa esencialista de los vestigios del pasado ni con la cada día más frecuente tendencia al ensimismamiento local, debería ser función principal de la disciplina urbanística. Más identidad contra la imposición de una excesiva globalización, y más identidad a favor de una equilibrada globalidad. Es imprescindible investigar y valorar las diferencias de cada territorio, porque convertir los espacios en lugares significa atender a lo específico de sus diferencias. Por ello, frente a la predisposición de lo jurídico a la homogeneidad, deberíamos los urbanistas evaluar lo diferente, tanto en el nivel analítico y descriptivo, como, y sobre todo, en el campo de las propuestas.

Propio de la lógica urbanística, un enfoque principal del análisis y de las propuestas, debiera ser reconocer el contacto del cuerpo humano con la materialidad de la ciudad. De naturaleza muy diversa a la idea de espacio neutro y homogéneo con la que operan el análisis económico y la ingeniería, también a las descripciones de la geografía humana, la mirada del urbanismo sobre la realidad urbana debiera fundarse en intentar comprender las estructuras urbanas desde las emociones y los sentidos.

Y por último, opino que es perentoria una nueva orientación de objetivos sobre "igualdad territorial". No, no se trata de intentar superar las diferencias de clase a través del urbanismo. En los casos ensayados sus resultados han sido exiguos, e incluso, contradictorios. No se trata de dar a todos lo mismo, es dar a cada uno según sus particularidades. Una posición que parte, sin duda, de los fundamentos del socialismo, pero que lo trasciende por el análisis y por el reconocimiento de que no hay que confundir los principios de la justicia social y los de la justicia territorial, y de la necesidad de ambas por separado.

Como afirman Peter Hall y Michèle Lamont en su último libro (Social Resilience in the Neoliberal Era) quizá el actual contexto puede hacer emerger nuevos paradigmas, nuevas herramientas y alternativas en los que concretar la razón de ser y la utilidad social de un urbanismo contemporáneo, capaz de cuestionar y transformar la realidad hoy dominante. En definitiva, una oportunidad para poder asumir riesgos, para ser iconoclastas, para no aceptar dogmas. ¿Y qué se consigue con esta actitud? Probablemente ganaríamos todos, porque si los arquitectos y urbanistas no tuviéramos nada que perder, es posible que las ciudades tuvieran mucho que ganar.

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