la tribuna

Javier De La Puerta

España, Alemania y la salvación del euro

FINAL del partido en la crisis del euro. España, la cuarta economía de la zona euro está al borde de la intervención total, si el Banco Central Europeo (BCE) no lo impide. Tras la última ración de auto-canibalización (65.000 millones en recortes que son otros tantos mordiscos a nuestra demanda interna, nuestra capacidad de crecimiento, nuestras necesidades sociales, nuestro futuro y nuestra dignidad) ni los mercados financieros le conceden una mijita de energía económica o voluntad política propia. La supuesta victoria del eje Roma-Madrid-París sobre la intransigencia de Berlín, en el último Consejo Europeo, ha sido un triunfo pírrico. Las "concesiones" arrancadas a la canciller Merkel -recapitalización directa de los bancos españoles (previa creación de una supervisión bancaria europea), luz verde al Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEE) para comprar bonos italianos y españoles (sin la condicionalidad dura del FMI), y el esbozo de una futura unión bancaria- están siendo menos efectivas como cortafuegos del incendio financiero de lo que parecían. En cambio, su coste político en Alemania -en términos de desgaste del Gobierno Merkel y de reducción de su margen de maniobra- es más elevado de lo que el resto de los europeos podemos permitirnos.

Las críticas a la "encerrona" sufrida por Alemania y a las "devastadoras" concesiones de la canciller combinan una reacción conservadora ("vienen a por nuestro dinero") con otra nacionalista ("Alemania acorralada"). Horst Seehofer, líder de la Unión Social Cristiana bávara (partido hermano de la Unión Cristiano-Demócrata de Merkel, cuyos escaños sostienen el Gobierno de Berlín), amenaza con hacer caer la coalición si hay otra cesión más. Hans-Werner Sinn, el economista estrella de Alemania, ha escrito una carta abierta a la canciller, firmada por más de 200 economistas, advirtiendo que "nuestros hijos y nietos sufrirán" si se concreta una unión bancaria. Una mayoría social del 54% -según una encuesta de Der Spiegel- se opone a salvar el euro si implica más dinero alemán en nuevos rescates. Así, mientras en el Sur crece la indignación por el inmerecido castigo de una austeridad contraproducente impuesta desde fuera, el Norte se exaspera ante la indebida e interminable carga a cuenta de los pecados económicos de otros. El Gulliver alemán, sano y fuerte, estaría maniatado por las deudas financieras, las debilidades económicas y las trampas sociales de sus liliputienses socios mediterráneos. "La Unión Europea -editorializa el Süddeutsche Zeitung- se encuentra amenazada por un corrosivo conflicto Norte-Sur que podría devorar todo lo conseguido hasta ahora en la integración europea. (…) Ningún rescate puede salvar el euro, si la Unión Europea no puede superar esta desconfianza".

Europa está desgarrada entre lo económicamente necesario y lo políticamente posible. Mientras lo primero (salvar a la periferia de su vulnerabilidad fiscal-financiera) es urgente y se vuelve más costoso cada día, lo segundo (crear las condiciones institucionales que legitimen el rescate y refuercen la gobernanza del euro) es importante y necesario, pero el margen político es cada vez más estrecho y el horizonte temporal más largo. La Eurozona necesita solidaridad financiera inmediata (instrumentada a través del BCE o, posiblemente, del MEE dotado de una licencia bancaria para multiplicar su potencia financiera) y, eventualmente, eurobonos. Para evitar un pánico bancario (fuga de depósitos desde el Sur) es preciso un seguro de depósitos y un fondo de recapitalización y resolución bancaria comunes. Pero Alemania y los países del núcleo no pueden soportar políticamente la solidaridad y la mutualización del riesgo sin avanzar hacia la unión fiscal y la unión bancaria -es decir, hacia el control centralizado de los presupuestos nacionales y de los bancos-. Algo impensable sin una unión política. Todo lo cual conlleva una compleja, lenta e incierta revisión de los Tratados de la Unión (que precisa unanimidad de los 27). Hasta ahora, la canciller Merkel se ha limitado a decir "nein" a casi todo, evitando "soluciones mágicas" a corto plazo y el gran diseño a largo plazo que horrorizaba a Jean Monnet.

Es ingenuo creer que Alemania vaya a rendirse económicamente -poniendo en riesgo su crédito y su competitividad, tan duramente ganados- sin exigir a cambio control político. Es cínico sospechar que su exigencia de unión política sea sólo un farol o una forma retórica y evasiva de seguir diciendo "nein". Las recientes palabras de Wolfgang Schäuble a Der Spiegel planteando la necesidad de un ministro de Finanzas europeo, bajo un presidente de la Comisión elegido directamente -en elecciones "que galvanizarían al electorado desde Portugal a Finlandia"- y un Parlamento Europeo reforzado, no suenan a fuego de artificio. Francia, que siempre ha soñado con un "Gobierno económico" (pagado con dinero alemán) con la mínima cesión real de soberanía, apuesta a que es un "bluff". Pero la personalidad del profundamente europeísta ministro de Finanzas alemán no encaja con esa frivolidad. Y el gran diseño fiscal, bancario y político federalista es la única manera que Alemania tiene de cuadrar el círculo entre lo económicamente necesario y lo políticamente posible. El drama es que, en ambos campos, la brecha entre Norte y Sur no deja de agrandarse. Y el tiempo apremia. España está en una posición única para servir de puente. Haría bien en equilibrar su alianza con Italia y Francia, para suavizar la rigidez de la política económica impuesta por Berlín, con el apoyo decidido a Alemania en el gran diseño de una unión fiscal y Política basada en una auténtica democracia europea. Lo primero es cuestión de interés, lo segundo de convicción.

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