Crónica levantisca

Juan Manuel Marqués Perales

Españolitos

UNA plaza. Pongamos la Nueva de Sevilla, pero podía ser el Palillero, la del Arenal o las Tendillas. Junto al arquillo, un tocaor y una joven que canta tangos recogen euros de los turistas. Los guiris van en bermudas. Los padrinos e invitados de una boda salen del Ayuntamiento vestidos de trajes oscuros a pesar del calor. Varios chavales saltan con patinetes sobre los escalones de mármol blanco, y con la primavera que veranea, dos chicas con pantalones más que cortos pasean con banderas españolas sobre sus morenas espaldas. Los policías nacionales le tocan las palmas a la cantaora mientras van llegando más jóvenes, son de otra tribu, ondean la republicana tricolor. Los vencejos están enloquecidos al atardecer y huele a la bendita tregua que dan estos atardeceres antes del verano, entran ganas de comer caracoles. Y, de repente, comienza la escenificación: los republicanos se sitúan a la izquierda; los monárquicos con sus banderas constitucionales, a la derecha, y en medio, los policías evitan que se toquen. No va a pasar nada, los chavales llegarán muy tarde a sus casas y sus abuelos no les podrán contar cómo terminaron ellos esa misma escena. Muchos habrán muerto y otros tendrán la memoria perdida. Berlanga resucitado debería bajar de los cielos, del cielo de España, no del de Francia, y soltar una vaquilla muerta en el interregno.

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