Tribuna económica

Manuel / Hidalgo

¿Estallido a la japonesa?

QUE nadie vuelva a insinuar que los precios de las viviendas no pueden caer. Los datos publicados recientemente, tanto por el INE como por el Banco de España certifican el estallido, casi nuclear, de la burbuja inmobiliaria. El hecho está mostrando pautas complejas y sobre todo muy complicadas para las familias españolas.

Se presenta un panorama realmente sombrío para aquellas familias que decidieron endeudarse en el momento más álgido. Me refiero a aquellas que adquirieron casas a precios de hace menos de dos años. Familias, no muy pocas, que van a tener que sostener la financiación de un activo que no vale lo que pagaron por él. Ante esto queda el recurso de que uno no compra casas para vender, sino para vivir, lo que es cierto y ayuda a suavizar el problema, al menos en la conciencia del que lo piensa. Pero sí es verdad que existen consecuencias graves incluso para aquellos que no especularon.

Una de estas consecuencias es la disminución de su renta o patrimonio. El no vender la casa no implica que no se desestabilice el balance familiar. Las deudas son superiores al valor del activo familiar, lo que puede convertirse en un problema. Por ejemplo, a la hora de pedir nuevas financiaciones a largo plazo como la adquisición de otro inmueble o la compra de un coche. Básicamente, la proyección que las familias realizan para su consumo futuro, y que resultan de las perspectivas de ingresos y gastos familiares a medio y largo plazo, son menores, sobre todo por soportar cargas financieras sobreelevadas.

Lo que cuento no es una entelequia. Japón ya ha pasado, y aún pasa, por esta situación. Los años ochenta experimentaron en dicho país una burbuja inmobiliaria importante. El notable excedente comercial, impulsado por el déficit norteamericano, fue invertido en activos reales, en parte en tierras e inmuebles, lo que elevó considerablemente el precio de ambos. La oferta monetaria crecía a ritmos importantes, lo que facilitó el crecimiento de la burbuja. Cuando ésta estalló entre 1988 y 1990, la caída fue tan brutal e intensa que todavía hoy se dejan sentir sus efectos. Dos fueron los mecanismos de transmisión.

Por un lado, la fuerte caída del precio de la vivienda (durante más de 15 años seguidos) generó el efecto riqueza negativo que ha caracterizado a la economía japonesa durante toda la década de los noventa y parte de la actual.

Por otro lado, la caída del consumo, derivado de este efecto riqueza, elevó el desempleo y aumentó aún más las tendencias negativas de la economía. Ni siquiera tipos de interés cercanos e incluso iguales a cero consiguieron reactivar la economía. Es lo que se llama la trampa de la liquidez y que tanto terror genera. Consecuencia: una crisis de más de una década.

Salvando las lógicas distancias, España se enfrenta a una perspectiva muy similar. Sin embargo, la economía española no es la japonesa, por lo que las consecuencias concretas no pueden ser predichas. Esperemos que no se repitan en nuestro suelo patrio.

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