Ojo de pez

pablo / bujalance

Ética de escobón

LA idea de poner a los universitarios madrileños a barrer las calles, perpetrada por Manuela Carmena, se corresponde plenamente con el credo falangista: la mecánica de la escoba a edades tempranas, dale que te pego, también contribuye a la forja del espíritu nacional; y ya que no hay ni servicio militar ni prestación social, de alguna forma tendrán que hacerse hombres esos pardillos. "Que sepan lo que es barrer las calles", sentenció la alcaldesa, a la que se le olvidó, sin embargo, concretar la calidad del uniforme con la que los voluntarios acudirán a la tarea. Sería una lástima desperdiciar la ocasión con meros chalequitos de los servicios municipales: quedarían fetén los futuros abogados, médicos, ingenieros y periodistas quitando la porquería con una verdadera equipación de faena, abotonada y recia, con botas de resistencia marcial, emblema comunitario en la solapa y, por qué no, hombreras de fantasía. Que los alelados portavoces universitarios advirtieran a Carmena de que se iban a negar a acometer "trabajos forzados" delata hasta qué punto pide esta gente a gritos no ya limpiar las aceras, sino los baños de los edificios públicos. Si a los padres les toca fregar los colegios, ¿pensaban los empollones que quedarían impunes? He aquí el nuevo orden ciudadano. Aleluya.

Ya Milan Kundera narró cómo uno de los hijos de Stalin murió por negarse a limpiar el retrete de su celda. La mierda, escribía el checo, adquiría para el insumiso una verdadera dimensión ontológica. Aplicado el asunto a la política, encontramos la traducción histórica en Carmena; y, a poco que afinemos un poco, aceptaremos que la dialéctica marxista se refería, en realidad, a esto. Sin embargo, por más que tachemos la medida de ocurrencia vana y de dislate intempestivo, conviene recordar que la alcaldesa empleó el término ética para apelar a la alegría inconsciente con la que los usuarios ensucian sus calles como diagnóstico a corregir. Y aquí metió el dedo en cierta llaga que quedó inadvertida a cuenta del chiste universitario; pues, ciertamente, el hecho de que las ciudades estén tan sucias (no sólo Madrid, ni mucho menos) acusa una responsabilidad colectiva que no se soluciona únicamente a base de impuestos.

Sin dejar a un lado la eficacia municipal, el verdadero problema es la estupidez que mueve a muchos, todavía, a dejar tirada cualquier cosa en la calle porque se arrogan el derecho a hacerlo. Esos mismos que tachan de idiota a quien se inclina para coger lo que se le haya caído y guardárselo hasta el siguiente contenedor. La solución no es barrer, sino educar. Pero ya llegamos tarde.

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